Los entendidos aseguran que hay una rica vertiente de la picaresca en Nicaragua dignamente representada por el Cuecuence, o el gran sinvergüenza. Seguramente el libro de relatos de Francisco Arellano Oviedo Entre piadosos ronda el diablo representa un valioso aporte a esa corriente.
Los cuentos exhiben una galería hilarante de beatas cornudas, religiosos enamoradizos, fantasmas eróticos, padres descarriados, burladores burlados y enamorados desahuciados, en una visión quevedesca, pero compasiva.
En “La historia que contó el poeta”, una promesante que cumple a duras penas su promesa de ir hasta el altar de rodillas, sin evitar mearse en el camino, despierta una sonrisa irónica en el santo Dominguito cuando le cuenta la historia inverosímil de la salvación de su Juancito en medio de la conmoción política, que atribuye a un milagro.
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Juancito, a quien se describe poéticamente como “el pícaro esposo de ojos chispeantes y hoyuelos en los cachetes como para jugar bolihoyo en su cara”, se sale con la suya al burlar doblemente a su amante Margarita: primero metiéndole los cuernos y después un cuento chino.
El narrador matiza el relato en primera persona con chispazos irónicos de estilo indirecto libre: “¡Cómo quería Margarita a su Juancito!” o “¿Cómo iba a creer el santo…?” para resaltar el contraste entre el amor crédulo y la picardía impune.
El breve cuento da para sátira política y religiosa de la que no se salvan liberales, conservadores ni evangélicos.
“La profecía de la vieja Nacha” es la chispeante narración de una profecía anunciada que hilvana una danza contrapuntística entre soles y lunas, hábilmente entretejida al igual que una prenda que de mortaja lúgubre se torna en traje de boda.
Desde el primer párrafo se colorea el ambiente con un contraste entre “el rancio olor de frutas podridas” de los cargadores del mercado y el atrio de la iglesia que “olía a murmuraciones y beatas”, a modo de un “olor a santidad” venido a menos. El protagonista había llegado a Guatetenango, “seudónimo de un país de América Latina”, que se hace eco de Augaracín, Nicaragua al revés, seudónimo juguetón que ofrece otro de los cuentos.
El juego de Luna-Sol comienza cuando la “luna de miel” entre el seminarista Ricardo Amado y los religiosos de su parroquia empiezan a desgastarse agotada la novedad de la llegada del joven estudioso, y termina en el final mismo del cuento cuando un marino borracho, que hace las veces de coro-comentario junto con un pasajero y una dama, concluye con un exabrupto que la luna es efectivamente de miel.
La narración sigue claramente la clave de Sol, el nombre de la dama que le quita el sueño al seminarista y que no coincidentemente pasa a formar parte de su coro de señoritas.
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