Wendy Álvarez Hidalgo
Comenzó siendo vendedor de pan en bicicleta y hoy es dueño de una panadería. Detrás de esta historia de éxito hay un microcrédito. Hace 28 años, cuando aún era jovenzuelo, Rito Pérez llegó a Managua huyendo de la miseria que le azotaba en el campo. Con solo el pasaje en el bolsillo y cargado de necesidades se vino a la ciudad “a probar suerte” y a buscar a su papá, que vendía verduras en las calles, para que le ayudara a conseguir un empleo “de lo que fuera”. Apenas había finalizado el segundo grado de primaria y solo tenía conocimiento sobre siembra de hortalizas.
Y mientras conseguía un trabajo, Rito a diario acompañaba a su padre a vender verduras en un carretón, hasta que un día este le dijo: “Rito fijate que hay un señor que quiere que le vendas pan en los barrios”. A Rito le emocionó la idea, pero tenía un obstáculo: “no sabía andar en bicicleta”.
Tras varias caídas y con ayuda de su papá, por fin don Rito aprendió a pedalear con equilibrio y se aventuró a distribuir pan en los barrios de Managua. “Siento escalofríos cuando recuerdo eso”, dice este hombre convertido hoy en propietario de una pequeña panadería en un asentamiento de Carretera Norte.
Desde las cuatro de la mañana, Rito estaba en la calle distribuyendo 400 bolsas de pan, y por cada una se ganaba un córdoba. Y fue así que empezó a ahorrar, práctica que mantuvo durante 14 años, hasta poder comprar incluso la bicicleta que durante más de una década se convirtió en su inseparable “machete de trabajo” hasta hoy.
Rito empezó a ver que en el pan estaba el negocio. Se enamoró y se casó con su actual esposa, Santa Karla Avellán , quien había terminado el quinto grado de primaria. La familia empezó a crecer. Los hijos empezaron a llegar. Y es por eso que con parte de los ahorros que había acumulado, Rito decidió comprar un terreno por 1,000 córdobas de ese entonces en Carretera Norte, donde levantaron “un ranchito” con latas y plástico.
Pero la idea de abrir una panadería le continuaba dando vueltas en la cabeza. Ya había comprado algunos utensilios, pero le faltaba una máquina, por eso seguía vendiendo pan en la calle para continuar ahorrando, pero ya le era difícil acumular el capital que necesitaba para emprender el negocio.
Un día le comentó a una amiga que quería dejar de distribuir pan, pero requería un préstamo para completar el dinero para comprar la máquina. Y fue así que se enteró de que existía una institución llamada Fundación para el Desarrollo de la Microempresa (Fudemi), “donde prestaban dinero”. Se fue a gestionar un crédito donde, pese a no tener una garantía de que honraría la deuda, le dieron 100 dólares, hace 12 años.
Con ese dinero completó el capital y compró la maquinaria y decidió empezar a fabricar su propio pan y venderlo. Hoy a diario distribuye hasta 600 bolsas de pan en varios barrios de Managua. Ya no lo hace en bicicleta, ahora las reparte en un microbús y dos camionetas. Y es que a medida que la panadería ha ido creciendo, la microfinanciera le presta más capital: pasó de 100 dólares (su primer crédito) a 9,000 dólares (el último préstamo).
De los años de duro trabajo y penurias, hoy en la vida de Rito y su familia solo quedan dos cosas: los recuerdos y la vieja bicicleta con que empezó a trabajar, que cuelga en el patio de su casa, “para que mis hijos se acuerden de dónde viene su padre”. No sabe hacer pan, admite sonriendo, por eso contrató a un personal que supiese de ese arte culinario y hoy emplea a cuatro personas. Sus hijos ya son bachilleres.
MENOS POBRES CON CRÉDITO
Historias como la de don Rito han dejado de contarse en los últimos cinco años. O al menos ya no se construyen con la misma frecuencia que antes de 2008, cuando las microfinancieras llegaban a unos 350 mil personas, la mayoría pobres, sobre todo en el campo. Sin temor aprobaban microcréditos a personas con posibilidades mínimas de acceder a la banca comercial. A clientes con insaciable sed de financiamiento en los barrios marginales, en el campo, en comunidades remotas, a un pequeño comerciante, ganadero o agricultor.
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Melo también dice que el estudio debe pasar incluso por definir si el cliente que está recibiendo el crédito realmente está en pobreza.
En ese sentido, el gerente de la Fundación para el Desarrollo Socioeconómico Rural (Fundeser), René Romero, señala que la realización de ese estudio está pendiente, pero aclara que no es fácil hacerlo. Indicó que el próximo año en el plan estratégico 2014-2018 van a incluir ese indicador de medición de impacto en la pobreza.
“Necesitamos medir cómo están los clientes cuando comienzan a trabajar con nosotros y luego cómo están después de un tiempo. Eso es todo un trabajo de investigación que hay que hacer”, explica Romero.
Actualmente las microfinancieras ya están adaptando a sus operaciones un software especial que almacena información socioeconómica del cliente, pues los fondeadores internacionales piden ese registro.
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Y esto es precisamente lo que lamenta el director ejecutivo de la Asociación Nicaragüense de Instituciones de Microfinanzas (Asomif), Alfredo Alaniz, quien admite que el mayor reto que afronta la industria del microcrédito es volver a los pobres, a los más de 132,000 clientes que continúan sin recibir crédito tras el retiro de líneas de financiamiento de fondeadores internacionales por la proliferación en 2008 de la cultura de No Pago en todos los rincones del país, apoyado en su momento por el Gobierno sandinista.
Tras la drástica reducción de la cartera de crédito —pasaron de 246 millones de dólares en 2008 a 154.3 millones en 2012— las entidades tuvieron que reorientar los préstamos a clientes menos riesgosos, con mayor capacidad de pago.
Aunque desde el año pasado el sector comenzó a levantar vuelo, lo cierto es que regresar a este segmento poblacional con alta incidencia de pobreza no ha sido fácil. La brecha entre los datos financieros y de clientes de 2008 y 2012 es aún abrumadora. Según Alaniz, de los 125.4 millones de dólares que destinaban solo para clientes con pobreza alta en 2008, el año pasado ese monto cayó a 48.5 millones de dólares. Eso ocasionó que la cartera de clientes de este tipo pasara de 131,600 antes de la crisis, a 52,200 en 2012.
¿Qué sector ha sido el más afectado por esa reducción? No ha sido comercio, porque por el contrario este se ha fortalecido; tampoco la industria, porque si bien no tiene los mismos niveles de financiamiento de 2008, lo cierto es que el microcrédito sigue fluyendo; la actividad económica más afectada es la agropecuaria, motor clave de crecimiento de la economía nacional.
En el sector agropecuario, ya de por sí castigado por la banca, las microfinancieras han reducido su incidencia al pasar de 112.5 millones de dólares en 2008 a 43 millones de dólares el año pasado. Ya para el primer semestre de este año, Alaniz dice que para que el crédito pueda volver al campo, donde está la mayoría de pobres, todavía hace falta dar respuesta a una serie de problemas tal como la débil cultura de pago y de cumplimiento de contratos, la inseguridad jurídica de los derechos de propiedad y la falta de ejecución de sentencias de adjudicación. Sin eso, no se podrá avanzar con celeridad en la “restitución gradual de la confianza de acreedores” internacionales.
El problema es que según el representante del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Carlos Melo, todavía no existen las mismas condiciones precrisis. No obstante, admite que algunas entidades de microfinanzas vienen recuperándose, pero que todavía hace falta mejorar los indicadores para recobrar la confianza total en el sector. “Es una tarea que toma su tiempo”, admite.
MICROFINANCIERAS LLENAN VACÍO
Pero aún así, el director ejecutivo de Asomif dice que las microfinancieras continúan con su tarea de asistir a los segmentos económicos donde difícilmente llegará la banca. Y se puede notar en el hecho, añade, de que las microfinancieras continúan incidiendo en el campo, en el comercio, en la vivienda, en la industria y estimulando el consumo. Incluso, aquellas instituciones que fueron asediadas por el movimiento de morosos conocido como los No Pago continúan presentes en los departamentos.
Tal es el caso de la Fundación para el Desarrollo de Nueva Segovia (Fundenuse). Su director ejecutivo, Denis Alemán Casco, explica que desde hace 20 años están contribuyendo “al desarrollo socioeconómico y educativo en la región norte del país, logrando generar en este periodo más de 200,000 empleos directos de hombres y mujeres microempresarios y microproductores, beneficiando a más de 1,000,000 de personas de bajos ingresos en 13 municipios de los departamentos de Nueva Segovia, Madriz, Estelí, Matagalpa y Jinotega”. En dos décadas, esta institución ha invertido en el norte del país 102 millones de dólares en financiamiento.
En Nicaragua, con una población de seis millones, la pobreza afecta principalmente en la zona rural. Según la Encuesta de Hogares para Medir la Pobreza, de la Fundación Internacional para el Desafío Económico y Global (Fideg), el año pasado el 42.7 por ciento de la población vive en condiciones de pobreza general. Este flagelo afecta al 61.3 por ciento de la población en la zona rural y el 27.3 por ciento en el área urbano.
La pobreza afecta casi por igual a hombres y mujeres, tanto en el campo como en la ciudad.
Alemán asegura que, pese a la crisis, “no han parado de abrir una sucursal por año en la zona rural”, aunque admiten que ahora cuentan con sistemas de control de riesgo más eficientes al momento de aprobar un financiamiento.
¿Cuál es el perfil de los clientes a los que están llegando las microfinancieras? En el campo son hombres y mujeres del segmento de subsistencia rural, los que además tienen escaso capital de trabajo, con poca inversión en activos fijos, con bajo nivel de tecnificación en la producción y comercialización de productos o servicios, que trabajan por cuenta propia en un micro negocio en el sector informal.
IMPACTAN EN LA VIDA
Tanto Alaniz como Alemán coinciden en que, pese a los estragos que hizo el movimiento No Pago, están comprometidos en continuar incidiendo en las familias pobres del país. El director ejecutivo de Asomif recuerda que lo importante es lograr que las personas empobrecidas logren crear negocios con ingresos sólidos y sostenibles.
Ramón Silva Calderón es un ejemplo de ese esfuerzo de las microfinancieras. Los ingresos de este hombre no solo son sostenibles, sino también diversificados. Hace una par de décadas, Ramón quedó desempleado y con una familia que mantener.
Cuenta que no sintió miedo al desempleo, sino que más bien le sirvió de impulso para emprender un negocio. Con los ahorros que había acumulado de su trabajo como mensajero, decidió, junto con su esposa, abrir una pequeña pulpería en el barrio El Paraisito, en Managua. Él quería hacer crecer el negocio, porque los ingresos de la pulpería eran bajos, pero para eso necesitaba capital.
Sabía que no tenía oportunidad de financiamiento en los bancos; por eso, aconsejado por un familiar, buscó un préstamo en el Fondo de Desarrollo Local (FDL). Ahí, tras pasar un proceso de evaluación, que implicó incluso la visita a su casa para verificar el negocio, obtuvo un préstamo de 2,000 dólares.
Además de invertir en su pulpería, surtiéndola con más productos, Ramón también destinó parte de ese dinero para construir un pequeño apartamento en la parte de atrás de su terreno. Lo acondicionó y lo rentó. Luego, volvió a conseguir más préstamos con la misma microfinanciera y edificó otro apartamento. Hoy, además de administrar una surtida pulpería, que hasta se ha convertido en agente bancario, también tiene ingresos del negocio del alquiler de apartamentos. Está terminado la construcción de un tercer apartamento.
Ramón dice que ya no tiene razón para preocuparse por el futuro de sus hijos, que todavía están estudiando. Ahora cuenta con un patrimonio para ellos, que asegurará la estabilidad económica de la familia.
El gerente general del Fondo de Desarrollo Local (FDL), Julio Flores, afirma que, más que indicadores, lo importante es que “hemos visto cómo las familias han venido mejorando en la capitalización de sus negocios, y en la parte rural, en la ampliación de la producción, en la compra de más tierras, en la compra de ganado, incluso en la diversificación de sus ingresos”.
Flores dice que está seguro que más del 90 por ciento de los clientes a los que han llegado han mejorado su calidad de vida.
Rito, el propietario de la panadería, es un ejemplo de esa transformación. Su casa de plástico la cambió por una de concreto. Su bicicleta por camionetas y un microbús. Y hoy sus hijos no solo lograron aprobar la primaria, sino también la secundaria.
Las vidas de Rito y Ramón comparten algo en común: historias de superación construidas a base de mucho esfuerzo, donde el aliado principal es el microcrédito.
Y es por eso que el gerente de la Fundación para el Desarrollo Socioeconómico Rural (Fundeser), René Romero, dice que el reto está en llevar el microcrédito con asistencia técnica y acompañamiento, pero para eso se necesitan crear las condiciones tanto de infraestructura y mercado para que los beneficiarios crezcan y le ganen la batalla a la pobreza. Ahí está el desafío de la industria.
(Con la colaboración de Lucía Navas)
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