La ópera es fuente de cultivo para que se aproveche la multiplicidad de su canto y la exposición del argumento. Así lo proclama la densidad histórica, desde que los madrigales la pusieron en la cuna de su evolución. Ahora en el siglo XXI se dimensiona incluso en la tecnología contemporánea.
Quienes la cultivan van por el camino del tema pragmático, político, existencial, repetida a través de la escena en que se pone a un símbolo animal representando a la protagonista humana, una campesina adolescente húngara, versión recordada cuando la actual generación pasa la lectura por los capítulos trágicos del pasado, cuyos resentimientos salen de las hondonadas.
En la ópera La novilla roja, por su autor Iván Fischer, un grupo de judíos es acusado por la muerte de la joven que deja a la vida no por causa del amor, sino porque la mataron los enemigos de su raza. Nada tenía que ver con las discordias de la prevaleciente discriminación étnica.
La novilla roja es representada por una becerra carnosa pintada en rojo, una tendencia recurrida en la ópera china como cuando —esa vez por amor hacia el príncipe— la plebeya se disfrazó de serpiente para conquistarlo. Cabe decir que Iván Fischer es un célebre director de la orquesta del Festival de Hungría siendo antigua la data que lo mantiene como los también virtuosos pianistas húngaros Andrass y Robert Alfodi. Ellos se han sumado a la protesta lírica con arpegios incitadores y marciales, aunque eso les cueste la estigmatización del prestigio moral. El caso es que —y esto es lo importante— la aplicación merece el entusiasmo de los diletantes.
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