El escritor irlandés Oscar Wilde nació en Dublín en 1854.
Estudió en la universidad de Oxford en Londres, donde ganó premios en poesía. Vivió en plena época victoriana y enfrentó a su sociedad con su crítica.
A finales del siglo XIX era conocido en Inglaterra por sus originales novelas, entre ellas: La importancia de llamarse Ernesto, El retrato de Dorian Gray, De Profundis , etc.
Finalmente tuvo problemas con el Marqués de Queensbury y su hijo Lord Alfred Douglas, quienes lograron echarlo y mantenerlo en la cárcel durante dos años, donde escribió algunas de sus obras.
Después de salir de la cárcel, sin un centavo en marzo de 1887, emigró hacia París.
Allí vivió un tiempo en un hotelucho ayudado por unos amigos. Coincidió que era el año 1900 cuando Rubén Darío había sido enviado por el diario La Nación, de Bueno Aires, para cubrir periodísticamente la Feria Mundial de París.
Así una noche Rubén acompañado por su contacto en París, Enrique Gómez Carrillo, se encontró con Wilde en el famoso bar parisiense Calisaya, y los dos genios de la literatura departieron un rato bohemio.
ENFERMO DE GRAVEDAD
Pero ese mismo año, en noviembre de 1900, Wilde enfermó de gravedad, estaba en tan mala situación económica que antes de agonizar dijo: “Veo que muero más allá de mis recursos”, poco después expiró.
Dicen que el dueño del hostal, cuando el cuerpo del genial autor aún estaba caliente, con un alicate le extrajo las piezas de oro de su dentadura para pagarse la deuda.
Rubén no se percató de su muerte ni el entierro del gran autor inglés, llevado a efecto en una fosa común del cementerio de Bagneux.
Era un hombre muy atractivo físicamente y elegante, y propuso en la literatura la belleza, la estética, más que lo político o lo social.
Gustaba de casas y objetos lujosos, cristalería, cerámica, gobelinos, alfombras. Exploró por algún tiempo el arte de la pintura. Su carácter tenía matices contradictorios, pues a veces era bondadoso, y a ratos egoísta.
Este autor irlandés que murió en la miseria, cuarenta años después era el autor inglés más leído en el mundo después de William Shakespeare.
A su funeral en París solo asistieron siete personas.
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