Considerada “enemigo público” la neumonía, llamada en el pasado “pulmonía” era causa frecuente de muerte antes de los antibióticos. Cuando la noticia llegaba a un hogar la familia “velaba al enfermo”, esperando su inminente muerte.
La situación ha cambiado pero continúa siendo considerada enfermedad peligrosa por ser de las principales infecciones y sexta causa de fallecimiento. Está incluida dentro de las llamadas “enfermedades emergentes” o de gran crecimiento en el mundo y cada año mata más de 1.3 millones de niños menores de 5 años.
Son más susceptibles de adquirir neumonía menores de 5 y mayores de 65 años, diabéticos, alcohólicos, fumadores, quienes no tengan bazo o afectados de disminución de las defensas, entre ellos personas con VIH o sida, respiratorios crónicos (asmáticos, bronquiectasias y otros), afectados de demencia, epilepsia o con derrame cerebral.
Fiebre, dificultad para respirar, tos con o sin expectoración purulenta (amarilla-cremosa, verdosa) o con sangre (hemoptisis), escalofríos y tos son síntomas comunes.
Los agentes causantes más frecuentes son neumococo, hemofilus, legionella, klebsiela, estafilococos, virus y hongos.
La neumonía por neumococo produce de un 50-75 por ciento de las neumonías adquiridas “en la calle” y generalmente se asocia con fiebre alta, escalofríos intensos, dolor en el pecho y tos con esputo (“gargajos”) purulentos.
En los ancianos y personas con defensas bajas los síntomas suelen ser atenuados o engañosos, pero debemos saber identificar cuando las personas corren mayor peligro de morir por este padecimiento por lo cual requieren hospitalización.
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