Arturo Gómez Castillo
Nunca logramos aislarnos totalmente por mucho que lo intentemos, necesitamos de los contactos, de los compañeros o de los amigos.
Alguien dijo con acierto: “El ser humano es un animal gregario”. Las sociedades humanas funcionan como los modernos chips con miles de conexiones en millares de direcciones. En algunos casos las conexiones son fácilmente accesibles, en otras terriblemente difíciles, casi imposibles. Pero establecer esos contactos es absolutamente necesario y a veces vital. Muchos talentos brillantes han caído en el olvido, para desgracia de la sociedad, porque no lograron el contacto correcto para poder hacer brillar su astro con luz propia. Para nuestra fortuna el caso de nuestro Rubén Darío al hacer su contacto fue exitoso. Una vez publicado su libro amado Azul, Rubén envió una copia con dedicatoria especial a don Juan Valera, quien en su tiempo era algo así como el papa de la lengua española o el zar de las letras hispanas. Ningún poeta o literato de la época, por muy famoso que fuera, dejaba de inclinar su cabeza con reverencia ante don Juan Valera, él tenía con su pluma y pensamiento el poder de encumbrar a la gloria del mundo de la literatura a quien le pareciera así también podía enterrar para siempre en la oscuridad del olvido a quien pretendiera hacer carrera en las letras, si no le parecía.
Esto lo sabía muy bien Darío y por tal razón acudió a él para conseguir su bendición y lo logró. Un 22 de octubre de 1988, hace 125 años, don Juan Valera escribió una carta de respuesta a Rubén Darío por su obra Azul en términos que han trascendido a las épocas y figura como uno de los mejores ensayos que sobre una obra española se haya escrito.
EL ERUDITO VALERA
En la segunda edición de su libro Darío la incluyó como prólogo y ahí ha permanecido en todas las subsiguientes ediciones como elemento inseparable y de consagración de la obra y del poeta. Con su sabiduría de erudito don Juan Valera habla al joven poeta Rubén Darío, nombre de sonido imponente mezcla de judío y de persa, con su corazón y su cerebro abiertos. Le cuenta cómo al inicio vio su “librito” con desdén, de tal forma que pasaron muchos días sin que se decidiera a abrirlo y cuando se decidió cayó víctima de su encanto, de tal forma que ya no pudo detenerse de leerlo hasta que lo terminó. Y luego lo releyó y lo disecó con la meticulosidad de un cirujano a quien le ha tocado realizar una microcirugía con los más diminutos y finos instrumentos auxiliándose del microscopio, y cuando concluyó su operación debió haber exclamado un ¡Eureka!, había descubierto al más grande genio de la lengua española. Y no guarda reparos ni trata de congraciarse con él. Lo atiende con fría imparcialidad, pero con la certeza de que está ante el más valioso diamante que ha visto en su vida y comprende que al descubrirlo él mismo pasará a la inmortalidad en el universo de las letras castellanas.
No haré análisis ni referencias directas al escrito de don Juan Valera, la carta se explica por sí sola. Mi intención es despertar la curiosidad de los que nunca han leído esta carta y lo hagan para que conozcan la “Fe de Bautismo” de Rubén Darío en el mundo de la literatura universal y para los que ya lo han hecho la relean y experimenten la dulce satisfacción de estar ante un clásico, una catedral de nuestro idioma.
Si logro lo anterior veré colmado mi afán de contribuir a perennizar la presencia y grandeza del más grande de los nicaragüenses nuestro padre y maestro mágico Rubén Darío, quien desde hace mucho nos enseñó que la llave para salir de la pobreza es la educación, la que no basta solo con ser académica sino que debe ser, fundamentalmente, autodidacta! Bendito ese 22 de octubre en que don Juan Valera escribió esa carta a Rubén Darío, y que debería ser declarado como el Día de la Educación en el Mundo Hispano.