Hasta antes que David Ortiz acelerara un cambio de velocidad de Joaquín Benoit y lo metiera en el bullpen del Fenway Park, burlando un extraordinario esfuerzo de Torii Hunter, los Tigres tenían atornillado a Boston.
Primero lo tuvieron sin hit durante 8.1 innings entre Aníbal Sánchez y tres relevistas, quienes además se combinaron para propinar 17 ponches. Y el no hitter fue evitado por Daniel Nava en el noveno ante Benoit.
Y luego, Mark Scherzer no lo dejó pronunciar palabra a través de 5.2 innings, para cerrar su labor de siete entradas con dos hits, una carrera y 13 ponches, dejando en claro que no estaban bromeando durante la serie.
De modo que hasta antes del swing de Ortiz, Boston le había conectado al picheo de los Tigres, cinco hits, fabricado una carrera y se tragaba 31 ponches en 16.1 innings. Pero de pronto, Ortiz jaló el gatillo y cambió el juego.
Después de ese bombazo, que esquivó el esfuerzo suicida de Hunter, quien se fue de cabeza al bullpen en su carrera por atrapar la bola, la victoria de los Medias Rojas se volvió inminente. Era cuestión de tiempo. Y así fue.
Pero la pregunta es, además de cambiar el juego, el batazo de Ortiz, ¿le dio un giro a la serie? Vamos a descubrirlo, pero no sería la primera vez, que un equipo amarrado levante su voltaje tras un palo de esa magnitud.
El ejemplo clásico es el jonrón de Kirk Gibson ante Dennis Ecklersley en la Serie Mundial de 1988 entre Dodgers y Oakland. El tablazo no solo dio dos carreras, sino que fue el “switch” que reactivó la inspiración de su equipo.
Claro que el contexto ahora es otro, pero la necesidad de carrera era más extrema y Ortiz se encargó con su bate. De modo que en lugar de ir a Detroit con la soga al cuello, Boston va mano a mano con los Tigres en esta serie.
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