Ezequiel D’León
Cuando escucho hablar de crítica literaria normalmente se me viene a la mente el peso de textos erudíticos y académicos aburridamente escritos con manos de piedra, principalmente reseñando libros en revistas y suplementos que rehúyen de lo diferente. Sin embargo, la crítica literaria es más o puede ser más que eso si se quiere.
La crítica puede ser divertimento, puede ser un ludismo con profundidad de análisis a un mismo tiempo.
Caso singular en las letras nicaragüenses es la crítica literaria que produjo Beltrán Morales, principalmente en el sentido de asumir la crítica literaria como un género en sí mismo y por ende asumirlo como una oportunidad para la creatividad y hasta el humor.
Luego del antecedente de Beltrán Morales, algunos pocos textos de Leonel Delgado Aburto, Raúl Quintanilla y alguno que otro de Juan Sobalvarro entrarían en el ámbito de crítica literaria al que me refiero.
La experiencia de la crítica debería abrirnos a oportunidades nuevas para reimaginar la tradición literaria, resemantizarla, satirizarla y encontrarle rutas exploratorias y relecturas válidas desde ángulos insospechados.
En tal sentido pienso en la elocuencia de los artículos críticos de Gabriel Zaid en México: un crítico capaz de partir de una chabacanería usual para asestar duros planteamientos críticos a la tradición.
La buena crítica literaria es divertida y nos reta a ser creativos, nos reta a indagar posibilidades más dinámicas, perspectivas más alternativas para el abordaje de los textos.
Pero bueno. Con Alfonso Reyes termino pensando que quizá “convidar a una amable compañía para reflexionar sobre la naturaleza de la crítica tal vez sea una falta de urbanidad y de tino”.
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