Me hubiera gustado ver la fuerza con la que Babe Ruth aporreaba la pelota o la elegancia de Joe DiMaggio en su desempeño, quizá también la fortaleza de Mickey Mantle para sobreponerse a las lesiones y la regularidad de Whitey Ford en su labor.
Pero como dijo Tagore: “Si llorás porque se fue el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Así que he apreciado la consistencia de Derek Jeter, la suavidad destructora de Robinson Canó y la eficacia incomparable de Mariano Rivera.
Rivera no tiene comparación con nadie en su especialidad del picheo. Está muy encima de los demás. Solo consideren que se está yendo del juego y su última temporada tiene más brillo que la de muchos relevistas en su esplendor y grandeza.
Y al menos para mí es el mejor lanzador latino de la historia. Cuando se arme el equipo, todos estrellas de todos los tiempos de las Ligas Mayores, Mariano será su cerrador. No sé qué otro latino podrá colarse ahí, pero Rivera sí va ahí. Seguro.
Lo más impactante ha sido su consistencia. Durante 19 años se mantuvo al máximo nivel y su mayor eficacia la alcanzó en la postemporada. No conozco otro tirador latino, abridor o relevista que haya pasado tanto tiempo a esas alturas.
Este año tiene 6-2 y 2.15, 44 salvados y 1.00 de whip. Y en su carrera, 652 rescates y 2.21 en 1,282.1 innings. Fue a 13 Juegos de Estrellas y en la postemporada acumuló 8-1 y 0.70 con 42 salvados en 141 episodios. Es extraordinario.
Algunos no vimos a Ruth, Gehrig, DiMaggio, Mantle o Ford, pero sí a Jeter, Canó y sobre todo a Mariano, dando cátedra sobre cómo desactivar amenazas. Nadie lo ha hecho mejor en la historia.
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