Berlín / EFE
La canciller alemana, Angela Merkel, marcó ayer otro hito, ocho años después de convertirse en la primera mujer —y del Este del país— al frente de la Cancillería, al obtener 41, 5 % de los votos y rozar la mayoría absoluta en unas elecciones que convirtieron en extraparlamentarios a sus socios liberales.
Merkel buscaba la reelección para su tercer mandato y logró el mejor resultado de la Unión Cristianodemócrata y su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CDU/CSU) desde el 43.8 por ciento obtenido en 1990 por Helmut Kohl, en medio de la euforia entonces por la reunificación del país.
Contenida, como siempre, pero emocionada y hasta “íntima” —agradeció el apoyo de su esposo, Joachim Sauer, en una casi declaración de amor insólita en ella—, Merkel fue aclamada en la sede de la CDU, mientras los liberales vivían su “waterloo”.
A este partido histórico, que marcó la pauta de la política exterior alemana casi ininterrumpidamente, en 17 de los 22 gobiernos federales, le correspondió ahora encajar una maldición similar a la de los anteriores socios de Merkel, los socialdemócratas.
Merkel accedió a la Cancillería en 2005 y, con apenas un punto sobre el derrotado Gerhard Schröder y sin mayoría para tratar de formar gobierno con los liberales, se puso al frente de una gran coalición con Frank-Walter Steinmeier en la cartera de Exteriores.
El FDP, que en 2009 se convirtió en socio de Merkel con un récord histórico del 14 por ciento quedó ahora por debajo del 5 por ciento mínimo para lograr escaños.
Hija de un pastor protestante, casada dos veces y sin hijos, Merkel demostró, con esta rotunda victoria, que sigue siendo muy popular en su país.
Nacida y formada en la ex RDA, la líder conservadora es llamada a veces “la canciller de hierro”, por su férrea defensa de las políticas de austeridad.
Pero los alemanes la apodan también “Mutti” (Mamá), porque les inspira una gran seguridad, en medio de la turbulencia europea.
Merkel es una de las líderes más respetadas en el mundo, pero también una de las más criticadas.
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POPULARIDAD INMUNE
La popularidad de Merkel entre el electorado parece inmune a toda crítica a escala internacional, por la tenaza de la austeridad a rajatabla que ha defendido su gobierno frente a sus socios de la UE.
Tampoco parece afectarle que el buen balance, en cuanto a cifras macroeconómicas, de la primera economía europea no se refleje en la microeconomía ciudadana, en medio de la creciente precarización del mercado laboral germano.
Merkel hizo campaña para atesorar el favor de su electorado y negó el auxilio a los liberales, que pedían desesperadamente votos prestados.
“¡FUERA MERKEL!”
En el extranjero, su figura irrita, indigna. Manifestantes coléricos han protestado en las calles de Atenas, Lisboa y Madrid, responsabilizándola por los recortes de presupuesto que, afirman, están ahogando las economías de sus países, y llevando la tasa de desempleo a niveles casi nunca vistos.
Los griegos la detestan y la acusan de querer poner de rodillas a Grecia, para explotarla mejor.
“¡Merkel, fuera!”, han gritado en marchas y protestas millares de manifestantes en esas capitales. Algunos incluso llevan carteles con caricaturas de Merkel, a la que pintan con un bigote estilo Hitler y vestida con uniforme nazi.
“Estoy determinada a ver que Europa emerge más fuerte de la crisis”, insiste Merkel, dentro y fuera de su país.
“Alemania solo puede ser fuerte con una Europa fuerte”, repite, una y otra vez, la canciller, asegurando que Berlín no aspira a ejercer una hegemonía sobre la Unión Europea.
Durante esta campaña, a la que muchos le han reprochado carecer de sustancia, Merkel ha insistido en su programa de continuidad, subrayando que la estabilidad en Europa “es crucial para el bienestar de Alemania”. A 23 años de la histórica reunificación, “Merkel encarna a la perfección las sensibilidades de los alemanes en estos comienzos del siglo XXI”, afirma el responsable del influyente semanario Die Zeit, Josef Joffe.
Su biógrafo, Gerd Langguth, resalta que aunque Merkel está siempre bajo la luz de los reflectores, sigue siendo un enigma.
Es “una esfinge”, que aprendió de sus años bajo la dictadura de Alemania del este, afirma su biógrafo. Angela Dorotea Kasner es la primera mujer que dirige Alemania y la primera desde Margaret Thatcher que dirige un gran país europeo.
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