Carlos Montenegro quien deja un importante legado como fundador del dibujo moderno en las artes nacionales, proyecta su propio mundo a través de la línea, sus personajes marginales matizados por las escalas, los retratos que hace de El Güegüense a través de los cuidadosos detalles que expone, las casas esquineras entejadas que reflejan nuestros barrios de provincia, casas viejas que recrean historias, casas fantasmales, rescatadas del pasado para el presente.
Un expositor del paisaje criollo, con sus personajes míticos y legendarios como El Güegüense, los mitos y leyendas de la carreta nahua, Cifar y el gran Lago de Nicaragua, que llevó a la plumilla y al color.
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De esa herencia que hoy nos deja el maestro Montenegro, una vez dijo: “Personalmente me he identificado con el claroscuro, es el medio plástico con el cual quiero realizar mi lenguaje plástico, mi comunicación con la humanidad. Trato de no ser un ilusionista o un virtuoso fotográfico. Solamente intento captar de la naturaleza la poesía oculta que existe en el mundo del claroscuro”.
De igual manera enfatizaba: “Con el claroscuro quiero emocionar los sentimientos, aquellos que se relacionan con el arte. Esta emoción llegará lentamente mientras más observen y observen el dibujo frente a ellos”.
Para la crítica de arte, María Dolores Torres, el pintor “dibuja escenas urbanas con las que se involucra emocionalmente. Probablemente su más decisiva emoción es la nostalgia por las cosas que forman parte de su niñez, como los tiangues, casas antiguas y semiderruidas parte de su mundo íntimo y cotidiano”.
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