El sufrir del artista

Pocas palabras —y acaso ni ellas— bastan para definir las tristezas padecidas por los creadores cuyos nombres no cesan en el privilegio de ser ensalzados por las posteriores generaciones.

JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA

Pocas palabras —y acaso ni ellas— bastan para definir las tristezas padecidas por los creadores cuyos nombres no cesan en el privilegio de ser ensalzados por las posteriores generaciones.

A propósito de lo brevemente expuesto sobre la personalidad de Yehudi Menuhin, los lectores de esta columna recuerdan otros derroteros en simultaneidad mustia y victoriosa.

Dos ejemplos relacionados con el amor por la patria en épocas de intrusa dominación en cuanto al irrespeto a la libertad de sus hijos y de la vulnerada soberanía de la cuna donde nacieron los Dan Chopin en Polonia y Schostakovitsch en Rusia.

Ambos fueron estremecidos por la incitación a la normalidad racional. Una melancolía irritable se apoderó del polaco cuando sintió que su suelo había sido tomado por los moscovitas para morder el polvo del destierro.

Todo ese temperamento se manifiesta en “el estudio revolucionario”, en las polonesas, en las mazurcas que según Shubert son “cañones escondidos bajo las flores”.

Las polonesas cantan las glorias del pasado de Polonia. En cada una de las partituras pueden leerse los sueños de su autor: ser tocadas cuando le haya correspondido a su Polonia liberada el derecho de coronar a su rey.

Schostakovitsch tenía apenas 11 años cuando el artista dejó de ser libre por mandato de la revolución.

Fue acusado de rendir tributo a la “individualidad occidental” pues había que cumplir “con una tarea social y componer música para masas”.

Su Quinta Sinfonía reveló que no estuvo de acuerdo con las normas y muchas de las obras lo ejemplifican como un modelo de la dignidad. Porque no hubo causa para la perturbación de la belleza. Las grandes dotes no fueron desfiguradas ni frustradas por la opresión. Se impuso la libertad creadora. La heredad ahí está: incólume y admirada.

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