Theo: Hoy vine a ver los cuadros de tu hermano Vincent y recordé las cartas que él te escribía. Todas llenas de tanta soledad, desconsuelo, y desencanto por la incomprensión de la humanidad.
Vincent fue maestro, minero, pastor, pintor. Ya mucho antes Dios le había dado la sensibilidad para el arte, para vivir con intensidad la vida que recogió en sus lienzos toscos de brochazos anchos y pastosos, como si el mundo fuera áspero y él lo rehacía con ese primitivismo que George Rouault también impregnaba a sus personajes.
La vida es brutal, es grotesca, es un sin sentido de lo que Dios pregona y sus santos predican en un Sahara habitado por cuerpos sin alma. ¿Fue ese el mensaje en todos sus cuadros?
¡Cómo le habría gustado ver tanta gente admirando sus cuadros, sin soledad, sin angustia, sin hambre. La ironía es que su pobreza enriqueció a Holanda y a los pintores posteriores que no conocían tanto arrebato en cada pincelada, tanto prodigio de sencillez en tan pocos trazos.
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Recuerdo cuando trabajaba en Bélgica y veía la pobreza en las minas. Aquellos días también eran fríos y hambrientos de bondad. ¿Dónde estaba Dios, cuya palabra propagó? Pasó el tiempo y se fue olvidando de Su prédica, que aunque noble, siempre ha sido vana, porque los oídos humanos son rocas de basalto. Nadie escucha a Dios.
Pero Vincent veía y vivía como los santos.
Él veía divinidad en todo: los campos de heno o girasoles, las gentes sencillas, el sol, la nieve. ¿Estaba loco o en realidad la humanidad era la que había perdido la razón, al igual que los santos que dejan todas las comodidades materiales, la vida fácil; y se olvidan de lo terrenal: la vanidad, el placer, la riqueza; y comienzan a vivir sin nada, de nada, con nada?
La burla al artista
¡Cómo se burlaron de tu hermano! ¡Es cierto que lo veían con aquellos zapatones toscos de piel de cerdo! ¡Sus camisas y pantalones nunca iban a ser material para alguien que de pasarelas! Era un pecador noble.
Y es cierto que cuando se fue a vivir con Paul Gauguin en aquella desvencijada vivienda llamada “Casa del Placer”, se justificaron: pintando, malcomiendo, bebiendo ajenjo, y espadeando prostitutas que les daban el calmante carnal para el olvido, para dicha o desdicha (¡da lo mismo!). No sé si así la vida era acierto pecaminoso o la muerte temprana ya les había arrebatado toda razón y consuelo.
El impresionismo quería mutarse y ser expresionismo. Al fin y al cabo, ¿quién entendía esa pintura artesanal donde las estrellas eran como huevos fritos y el sol un globo dantesco y aplastante?
¡Qué bien pintó la noche en el Ródano, después lo haría así Edward Munch! Aunque muchos preferían a Monet por ser sublime en sus trazos y colores apastelados con que plasmaba la vida que todos desdeñan.
¡Cuánta gente contemplaba los cuadros de tu hermano en el museo! Entraban, salían; y se quedaban extasiados viendo el mundo de hace más de cien años, menos complejo, sin el horror del comercio humano de palabras y engaños.
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