Los jóvenes pueden cambiar el mundo. Los jóvenes pueden cambiar Nicaragua. Ante los escépticos que creen que nuestra juventud está sumida en la indiferencia o la pasividad, un grupo de ellos, pequeño pero decidido, mostró a finales de junio que existen en el país jóvenes valientes capaces de impactar la sociedad. Fueron los aproximadamente cincuenta muchachos que apoyaron la protesta de los viejitos y que fueron vejados por turbas de la Juventud Sandinista. Los jóvenes pagaron un precio por su osadía: el robo de vehículos, celulares, tabletas, etc., más golpes e insultos. Pero al final lograron su objetivo: Ortega cedió a los viejitos las pensiones que venían reclamando.
No fue la generosidad lo que movió a Ortega, quien tenía años de ignorar dicho reclamo. Fue un sencillo cálculo político que tenía por trasfondo el miedo; miedo a que más juventud se sumara a la causa, miedo a que así como los obispos salieron a la calle en su apoyo, otros grupos se fuesen sumando hasta plantearle al gobierno una creciente resistencia civil, capaz de sacudir las conciencias y alterar el panorama político.
Es cierto que la juventud que se asumió los riesgos de solidarizarse con los viejitos fue una ínfima minoría. Es cierto que la mayoría de los jóvenes son actualmente indiferentes a la problemática política y social del país. Esto no es nuevo. Quienes han iniciado los cambios más profundos de la historia han solido ser pocos. Lo que pasa es que han sido capaces de actuar como fósforo, o como levadura que hace fermentar la masa.
Nicaragua tuvo una experiencia al respecto en 1944, cuando Anastasio Somoza García alteró, a través del congreso, la prohibición constitucional a la reelección. Quienes iniciaron la protesta fueron los universitarios, en aquel entonces muy pocos pues eran 600 en todo el país. Pero al centenar inicial se sumaron las damas de negro, esposas o parientes de los detenidos, y luego sectores cada vez más amplios. Temeroso de la ola social que se estaba produciendo, y de la resistencia dentro de su propio partido, Somoza renunció —por el momento— a su reelección.
Lo mismo ocurrió en los años sesenta. Los jóvenes que se oponían a Somoza Debayle eran pocos. Costaba reunir a más de cien. La mayoría sencillamente se dedicaba a lo de siempre; parrandas, diversión y sus estudios. Pero esto cambió después, ante el fermento que unos cuantos valientes inyectaron en la sociedad nicaragüense.
No significa esto que las circunstancias de hoy sean iguales ni que vayan a repetirse las cosas. Cada coyuntura histórica tiene sus propias peculiaridades y desafíos. Lo que significa es que es importante contar con una juventud dispuesta a salir a la calle para luchar por una sociedad mejor. Sin olvidar que la juventud, más que una estación biológica, es una cualidad espiritual que puede caracterizarse como la posesión de ideales, la sensibilidad a la injusticia, la capacidad de soñar con un mundo mejor, la disposición a luchar y sacrificarse por causas nobles.
Decía en mi artículo del lunes pasado que esta cualidad la pueden tener viejos, en cuanto a los años, y carecer de ella muchachos sin arrugas, pero con el alma prematuramente envejecida. Los mayores que se involucraron en la lucha por las pensiones dieron una gran muestra de juventud. Decidieron asolearse, desvelarse y perseverar, en pos de un reclamo. Es cierto que la mayoría se quedó en sus casas, pero la minoría relativamente minúscula que salió a las calles, y que se dio la mano con los jóvenes biológicos, logró su victoria. Una gran lección para futuras batallas. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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