Moisés Absalón Pastora
En mi última reflexión mostré una pluma y los míos vieron un cañón. Señalaba entonces las montañas que nuestra “oposición” tenía que salvar para cambiar el actual poder y concluía que no están luchando contra Daniel Ortega sino contra la opinión mayoritaria de aquellos nicaragüenses que según las encuestas lo tienen arriba del 70 por ciento de las preferencias. Que no se lucha contra el FSLN sino contra más de cuarenta proyectos sociales que han cambiado la percepción de lo que fue aquella noche oscura en la década de los ochenta; que no se lucha contra una dictadura sino contra la propuesta de unos gigantescos megaproyectos que han endulzado el oído hasta del más pesimista; que no se lucha contra el “socialismo, cristiano y solidario” sino contra una buena economía producto del entendimiento dialogado entre los gobernantes y empresarios.
La absurda ceguera política que padece nuestra “oposición” no les permite digerir que el Frente Sandinista no solo es un gobierno fuerte que controla todo sino que desde el poder se está reinventando. Contrariamente a la dispersión liberal, que se anquilosa bajo los rostros vencidos de figuras de antaño, el partido de gobierno aglutina a su alrededor —independiente de cómo lo haga— a la mayoría poblacional del país; a esa juventud que por un lado se organiza y hace bulla y al pobre de todos los signos al que llega a través de ayudas y propuestas.
Nuestro liberalismo advierte que con 500 millones de dólares anuales de la cooperación venezolana cualquiera lo puede hacer y seguramente tenga razón pero eso se queda nada más en la retórica porque es incapaz de poner resistencia a los inventos de Ortega que ciertamente pasan por encima de la institucionalidad pero van creando ilusiones que entusiasman frente a las maldiciones que salen como “respuesta política” de quienes son percibidos como “opositores profesionales”.
Nuestra “oposición” no solo está dividida sino que su presencia política se circunscribe a los 24 diputados de la BDN —donde hay de todo— y a dos del PLC. Después de eso lo que tienen son reuniones semanales en sus respectivos CEN para “analizar” los sucesos del país y se acabó. Dicen tener organización pero no crecen. Las encuestas juntando a independientes y constitucionalistas no llegan al 8 por ciento y para rematar no tienen sal para un jocote financieramente hablando.
Lo anterior no es lo peor. La empresa privada decidió no seguir malgastando recursos en proyectos partidarios, que como el PLI y el PLC consideran fracasados sino que además el Cosep decidió asumir el rol de una oposición que luce más digna desde su visión de negocios que del lado de aquellos que para remate han sido abandonados hasta por la Embajada de Estados Unidos.
En conclusión pongo sobre luz esta radiografía del liberalismo para que se examinen y realicen donde están parados y comprendan lo mal que hacen cuando endosan a otros el peso de sus propias culpas. Lo más fácil sobre este tema será responder débilmente diciendo que estoy del otro lado, pero eso no los conducirá a la solución pero sí a perder el tiempo que ya les venció. Las próximas elecciones generales que serán un súper combo están a la vuelta de la esquina. Tristemente sin embargo don Eduardo Montealegre sigue cacareando que aún no es tiempo para pensar en eso.
El autor es liberal constitucionalista y periodista independiente.
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