Joaquín Absalón Pastora
Hubo una época en que el Teatro Nacional Rubén Darío —abrigo del ocio digno— enmudecía el timbre de sus puertas. Cuando se abrían, era porque llegaba a Nicaragua un espectáculo importado con méritos por supuesto. Ejemplos hay muchos. Actuaron custodiados por la complacencia de Esperanza Portocarrero.
El caso es que grandes celebridades del extranjero nos encomiaron con su desempeño, con la diferencia de que eso ocurría ocasionalmente. Mientras tanto no se presentaba ningún espectáculo integrado por artistas nacionales, ningún cantaautor, tenor, grupo folclórico o de teatro, la raíz nativa ni en pintura en una discriminación insolente.
Ahora es notable la diferencia bajo la dirección de Ramón Rodríguez. El teatro sirve de sede permanente para que lo nuestro muestre sus facultades en cualquiera de las ramas del arte y es así como el escenario principal ha sido huésped de los homenajes que por razones de efemérides o de prolongada trayectoria se han dado a cantaautores como Carlos Mejía Godoy y Otto de la Rocha. Al promotor Manuel Cajina Mixter se le ocurrió ponerlos “mano a mano” en lo que no tuvo sentido maratónico de competitividad sino de demostración de las distintivas cualidades de ambos. Pero lo que más suena a satisfacción es que estas presentaciones llenan los espacios del teatro, lo cual evidencia que ha nacido un interés especial por ver a nuestros artistas otrora pastos de la afonía. Dos almas se unieron para valorar el donoso entusiasmo.
El pinol se montó en las pícaras orejas, la canción social, el rato desesperado por el “pelo de maíz” que se va, los “antojitos nicaragüenses” servidos por la campechanía oral y gestual de Carlos, el sentimiento con Nicaragua Nicaragüita y el cierre coreográfico del ballet folclórico nicaragüense compartido por las dos estrellas sagaces de la noche.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B