PBRO. ÓSCAR CHAVARRÍA
El mal uso del dinero, la codicia y el afán del mismo, llevan al ser humano a buscarlo de forma mal habida, a la corrupción y a la idolatría.
Jesús nos toca un problema, que se ha convertido en un ídolo, el dinero, que conlleva a la avaricia, o el deseo de lucro, que es una pasión universal que opera en todas las épocas, en todos los lugares y sobre todas las personas. Por ejemplo: las herencias muchas veces traen consigo muchas divisiones en la familia. Ante el dinero no valen padre, madre, ni hermanos. Por encima de todos está el dinero. “El dinero es un buen siervo y un mal amo.” (Lc 12,13-14).
La parábola del rico necio que nos presenta Jesús (Lc.12,16-20) nos enseña hasta dónde es capaz de llegar el hombre dominado por la codicia del tener: Mal vive, empobrecido en la angustia permanente de tener para morir rico. Por eso le dice Dios: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (Lc.12,20).
De ahí el siguiente epitafio que es un verdadero retrato del codicioso: “En su juventud perdió su salud buscando dinero. En su vejez perdió su dinero buscando salud. Ahora sin dinero y sin salud. Ahí va el necio en un ataúd”.
El codicioso es un ser humano que amarga su existencia y la existencia de quienes le rodean, solo conoce un bien: el dinero y solo conoce una felicidad: agrandar cada día más su libreta de ahorros. Él no conoce la palabra “nosotros”, solo la palabra “yo”. Como dice el Eclesiástico: “La avaricia seca el alma” (Eclo 14,9). No le interesa la libertad, se siente a gusto con las cadenas de su codicia.
Por eso, decía Plinio el joven: “La avaricia se ha adueñado de tal manera de los hombres, que en vez de ser ellos los que poseen las riquezas parecen ser estas las que les poseen a ellos.” Solo tiene un Dios: el dinero. Centra toda su vida en tener dinero y solo tiene una ilusión: morir rico y para serlo poco a poco pierde la moral y se corrompe. Solo conoce una sabiduría: el tener más y más; nunca se cansa de su angustia por tener.
Dice el refrán: “La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da” y decía mi abuelo: “Prefiero a un hombre sin dinero antes que a un dinero sin hombre.” La verdad es que la codicia contamina la vida del hombre y roba su paz, como dice el refrán: “Corazón codicioso no tiene reposo.”
La codicia rompe toda clase de valores y ha llevado a la crisis, a la miseria y al hambre a muchos hombres, es miope y sólo ve hasta donde llega el propio yo; no entiende de ética, ni de justicia; sólo sueña en tener más hoy y mañana. El papa Francisco decía muy bien: “¡El dinero debe servir y no gobernar!”
Con toda razón y sabiduría nos dice Jesús: “Miren, guárdense de toda codicia porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, estas no le garantizan la vida” (Lc.12,15).
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