El Diccionario de la Lengua Española define el cesarismo como el “sistema de gobierno en el cual una sola persona asume y ejerce los poderes públicos”.
A su vez, el Diccionario de Ciencias Sociales, publicado por el Instituto de Estudios Políticos de Madrid en 1975, lo define como “el ejercicio de todos los poderes de un Estado por una sola persona, y el hecho de ejercerlo de modo absoluto, o al menos independientemente de la voluntad popular”.
Según este mismo Diccionario, el origen de esta denominación surgió en Roma con Julio César, cuando este, tras la derrota de Pompeyo, logró controlar el senado romano, con lo que puso fin a la República y dio principio al cesarismo o imperio. El cesarismo, en la época contemporánea, ha tenido varias formas de manifestarse: el bonapartismo, a fines del siglo XVIII y en el XIX; y en el siglo XX en los regímenes fascistas (Hitler y Mussolini).
Los analistas del fenómeno señalan que los regímenes cesaristas algunas veces surgen del vientre de las revoluciones, cuando uno de sus líderes desplaza a los demás y asume el poder de manera autoritaria o dictatorial, pero manteniendo el discurso revolucionario populista. Otros pretenden gozar de legitimidad por haber accedido al poder valiéndose de las instituciones democráticas, que luego destruyen sistemáticamente. Se olvidan que la legitimidad de origen exige también legitimidad de ejercicio.
En nuestra América Latina, el cesarismo comienza a manifestarse en el caudillismo y en gobiernos autoritarios que degeneran en francas dictaduras. El poder es ejercido exclusivamente por el dictador, al que se someten sumisamente todos los poderes del Estado. Desaparece la independencia de poderes y todo vestigio de institucionalidad democrática.
Cuando se produce esta total concentración de poder, generalmente asociada a la corrupción y el enriquecimiento, el gran riesgo de estos regímenes es que, paradójicamente, la enorme concentración de poder lleva implícita el germen de su propia destrucción.
Así lo demostró Gregorio Marañón, a quien debemos una estupenda biografía del “Conde-Duque de Olivares”, que es uno de los estudios más lúcidos sobre las consecuencias de la acumulación excesiva de poder. Utilizando de trasfondo la figura del célebre Conde-Duque, favorito del rey de España Felipe IV, Marañón analiza la psicopatología de quienes se las ingenian para acumular un gran poder personal, del que luego se les hace sumamente difícil desprenderse. Marañón sostiene que los poderosos se enamoraron de tal manera del poder, que “la pasión de mandar” los llega a dominar por completo, hasta el extremo de nublarles el discernimiento, como cualquier otra pasión, transformándose en adicción.
Gregorio Marañón analiza los llamados “tres ciclos del poder personal” (ascenso, acumulación y pérdida del poder), ciclos que indefectiblemente se cumplen en la biografía de casi todos los poderosos que ha conocido la historia. El hecho de que ninguno escarmiente en cabeza ajena se debe, en buena parte, a esa “lujuria del poder” que los mueve a aferrarse al mando bajo la creencia de que nadie puede ejercerlo mejor que ellos, de suerte que llegan a convencerse de que su presencia al frente de los negocios del Estado es absolutamente indispensable. El país, la nación, el pueblo, según ellos, reclaman su “sacrificio”. La pasión de mandar termina por cegarles, hasta que el tinglado se derrumba estrepitosamente y, en su caída, los arrastra junto con todos sus allegados.
En nuestra historia patria es fácil comprobar el acierto del análisis de Marañón. Para el caso, baste citar los ejemplos de José Santos Zelaya y los Somoza que, víctimas de la “lujuria del poder”, se enamoraron del mando presidencial con los resultados de todos conocidos. El autor es jurista, educador y escritor.
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