Las pobres marías llevan el nombre de la Virgen. Es en lo único que son privilegiadas. Tocayas lejanamente opuestas. Para las itinerantes, devoradoras de kilómetros en el ansia de hallar la felicidad, no existe ningún homenaje piadoso en el altar, ninguna exaltación shuberiana.
Más de un cronista cinematográfico la ha cantado (Arjona se especializa en canciones de esa clase pero exige agua francesa —Perrier— en los hoteles extranjeros, ocurrió en Nicaragua), más de alguna telenovela se vale de la actriz lacrimosa en la exposición de sus miserias. Son materia prima del industrioso creador.
María deambula por el mundo con escalas mortales en el territorio mejicano usado como trampolín para llegar al paraíso. Las marías lo buscan porque han sabido de otras que han honrado el papel de las cenicientas glorificadas por el cristal.
Si usted quiere ver una película que se venda solo con el título, póngale “Simplemente María”. Basta con el nombre para ser imán de la concurrencia complacida. Los desaciertos son más frecuentes para ellas y ya hay en algunos caminos, cementerios con cruces para las que sucumben violadas o estafadas por el inclemente tutor, aunque el bolsillo de este se haya tragado los ahorros acumulados por la víctima. Otras viven pero con el objetivo transformado. Nunca supusieron antes de partir que las abrazaría la profesión más vieja del mundo cuando lo que se les ofreció fue el trabajo de mesera o de alguna actividad menos penosa. Son la mayoría de los casos. En pocos resultan dignificadas por un mecenas enamorado.
Me inspira este artículo el testimonio dejado por un documental basado en la realidad, huidizo de la ficción. Se titula “María en tierra de nadie”. Cruza las fronteras centroamericanas. Ninguna de ellas le pertenece. Es una “apátrida” solitaria que no cabe en ningún lugar. Fue proyectada con motivo de inaugurarse un festival cinematográfico auspiciado por quince países representados por sus embajadores. Ellos saben —expertos en el verbalismo de protocolo— cuales son las causas de estas tragedias: la corrupción en los sistemas de gobierno preferentemente latinoamericanos, donde la justicia social y los ángulos del decoro son vulnerados. Solo brilla el oro de los beneficiarios del poder, camarillas que se distinguen por la lisonja servil y la trasgresión de los caudales públicos.
La corrupción si se evitara cuánto contribuiría a que la parte marginal de la sociedad —dentro de las cuales están las marías— no recurriera al recurso de emigrar de lo que legítimamente le pertenece, de la tierra originaria para ir a las desconocidas dejando el calor sagrado de la familia solo porque donde nacieron no existe capítulo para la vivencia cotidiana. La descomposición —en gran parte— no les permite sobrevivir con dignidad porque hay crisis del empleo formal, porque hay orificios gigantescos de máquinas que chupan el dinero.
El mal parece incurable y lo horrible es que semejante epidemia tiene ya categoría de institucionalidad, es vista como normal. Emilio Álvarez Montalván revela que “la corrupción gubernamental ha sido parte del folclor político nacional desde fines del siglo XIX y principios del XX, llamándosele patrimonialismo, una tácita autorización a quienes ocupan posiciones de poder público”. Triste realidad que palpita en la mayoría de las referencias terrenales de América Latina. La ecuación es sencilla: a mayor corrupción en los gobiernos, y en el resto del conglomerado social, más pobreza en los caminos. El autor es periodista.
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