Rincón del malabarista
Ezequiel D´León
Hay un cierto retorno a la fuente. Son las fauces de la fuente atrayéndote desde el hondo cenagal. Bajo este enorme guanacaste de parque rural, en medio de resbaladeros y columpios, una infancia de azules nubarrones se desenrolla en su ternura voraz. La música del viento, liviano como pluma de urraca, se apimpolla dentro.
Una herida de abandono cicatriza con lentitud amarilla. Hay otro retorno, este apunta hacia el agua primitiva. Agua que fluye neutra entre acantilados. Agua que filtra su pequeña paz ardiente. ¿Cuántos mares navegaste para por fin ser hoy una conciencia tan viva y despierta? Nuestro embrión de delfín, encogido en el seno materno, en el seno lunar acuerpado, es potencialidad de lo que es potable y de lo que puede ser la noche.
Se manifiesta la fuente en medio del dolor. Este niño es interior, es una cría de león, está ubicado a tres pulgadas de tu ombligo, inspira y sopla con un ritmo apaciguado, te informa del entorno, no te miente. Niño dentro en fusión de vaivenes, entre llanto que va del agua reflejada a la lluvia caediza, entre rabieta que resuena como alarma en el barro y abrazos silenciosos, entre sonrisas amargas y estertor encantado.
La ruta es larga, es cierto, pero tu niño sabe de juegos y placeres que transforman el contacto de toda la piel en galaxia deslumbrada. Dejá que explore tu niño su tristeza y que con ella construya los asombros más fugaces del día. Dejá que tu niño responda tus cartas de adulto, dejalo ir a su reverencia lacustre de crisantemos blanquecinos y amores flotantes en cayucos. Habitalo de sensaciones recolectadas en el sendero recién aireado: la corteza de un jobo anciano, los hilillos de una flor de pochote, la cascarilla de un huevo teñido de humedal, un nido que ha caído, una piedrecilla de espejos escurridos, una ardilla saltarina.
Le damos abono de miel, dolor para que crezca. Y crece el niño, sana sus enojos.
Lo nutrimos con la danza de los opuestos, le damos un eje vertical y él es pleno cuando se le antoja. Justo en el punto medio de aproximación de la luz y la muerte. Miralo, mirate Sos vos mismo…
(Para Virgilio y Víctor, siempreñiños )
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