Aceptar la culpa o el error, decía Nietzsche, es lo divino (Ecce Homo, 1889). Bien ha hecho la diplomacia española en pedir disculpas al presidente de Bolivia por un aparente malentendido a principios de mes y que ha incomodado en ambos lados del Atlántico. El gobierno español, que en ningún momento retiró al avión presidencial autorización de escala en su territorio, atendió la solicitud del canciller boliviano para interceder ante sus socios europeos y procurar los necesarios permisos de sobrevuelo.
Una fuente aún no precisada, pero que bien pudo haber sido una de las delegaciones oficiales que asistieron a la reunión en Moscú, aseguró que en el avión viajaba el excontratista estadounidense de la NSA Edward Snowden. Su limbo jurídico sustentó el rumor de fuga subrepticia en una aeronave inviolable y con vía libre bajo el marco jurídico internacional vigente.
Mientras el embajador español en Austria emprendía gestiones para acortar la estancia obligada del presidente Morales en Viena, el canciller boliviano garantizó a su homólogo español que Snowden no iba entre los pasajeros y puso el aparato a disposición para su registro e inspección. En base a ese ofrecimiento, y considerando las inquietudes justificadas de los otros tres gobiernos, el embajador sugirió al presidente que subieran al avión para tomar un café; el presidente se opuso, aduciendo subterfugio y segundas intenciones. Ese es el origen del supuesto malentendido, que en realidad es producto de alguna digresión en las comunicaciones entre el presidente y su canciller.
En un principio el gobierno boliviano parecía estar satisfecho y agradeció la gestión de los diplomáticos españoles. Después dio marcha atrás, convocando a Cancillería al embajador en La Paz. En diligencias emprendidas ante la OEA y Unasur, oficiales bolivianos volvieron a implicar injustamente a España. En aras de pasar página y poner fin a un creciente pero infundado nacionalismo, el Ministerio de Asuntos Exteriores pidió disculpas, demostrando así no solo magnanimidad sino también humildad entre el personal del servicio exterior, pero sobre todo el firme deseo de los españoles de mantener óptimas relaciones con todos los países de Iberoamérica, así como con sus socios en la UE y en la OTAN.
Hace unos días los países del Mercosur tomaron la decisión de sumarse a las protestas de la OEA y Unasur, llamando a consultas a sus respectivos embajadores en Roma, París, Lisboa y, no obstante las explicaciones ofrecidas por España a Bolivia y las disculpas presentadas, también a sus embajadores en Madrid. ¿Es la solidaridad hacia el presidente boliviano su única motivación? El elenco actual recuerda al que a mediados de 2009 protagonizó una especie de piquete en apoyo al depuesto presidente hondureño Manuel Zelaya. De hecho dos personajes son reincidentes directos, y dadas las difíciles coyunturas internas en sus respectivos países, cabe preguntarse dónde encaja esta ofensiva diplomática en sus planes de trabajo y proyectos de gobierno.
En cuanto a los otros tres gobiernos europeos, está claro que la prisa es la mejor aliada de los errores y que en el complicado mundo de la diplomacia, sujeto a infinitas reglas necesarias para solventar conflictos imposibles de soberanías e intereses entre naciones, no es siempre factible quedar bien. Por eso a veces toca comprender y disimular. Los países del Mercosur deben rectificar en su afán de sobredimensionar algo que no amerita y que, en pleno siglo XXI, carece de objetivos claros. Su liderazgo global, en ascenso notable, reluciría al centrarse más bien en buscar soluciones a otros problemas mucho más urgentes, y que requieren de armonía y buena voluntad. Además siguiendo la pauta del Ejecutivo español mostrarían algo de esa divinidad que contemplaba Nietzsche. El autor es abogado y académico
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