Nicaragua, uncida una vez más al yugo de una oprobiosa dictadura, está sufriendo. Bien conocida y larga es la lista de iniquidades cometidas contra la nación por ese individuo que se autollama presidente de Nicaragua; es ocioso, por ello, pretender analizarlas en este breve escrito. No obstante, imperdonable sería omitir toda referencia a algunas de las últimas hazañas del intrépido prócer. Acaso la menos gloriosa de ellas: la épica, exitosa, lucha que libró contra cierta ciudadana que, creyéndose diputada, se atrevió a defender conciencia y autoestima, y quiso ser ella misma por algunos minutos.
Luego, aún mayor valentía desplegó nuestro bravo caballero cuando, despreciando el peligro, apaleó, asaltó, a un grupo de en apariencia inofensivos ancianos y jóvenes que, escondidas en los bultos donde decían acarrear agua y alimentos, bien podían portar mortíferas armas, uno nunca sabe
Pero donde nuestro héroe sacó a relucir, para los eternos escépticos, la auténtica madera de que está hecho, fue cuando, servil sonrisa en los labios —examinen las fotos, si no me creen—, niño necesitado de protección abrazando a su padre, se acurrucó a un ciudadano chino, el representante público de quién sabe qué innobles intereses, mientras le hacía entrega, suprema proeza, del cuerpo de la Patria, atado de pies y manos. Mas no por ello indefenso, es este el craso error de juicio de los alegres socios. Porque Nicaragua no está indefensa.
Pues hay muchos hombres y mujeres decididos, deseosos de ampararla contra esos ingratos hijos a quienes tuvo el infortunio de dar a luz, y que ahora, inmisericordes, la ultrajan. Estos hombres y mujeres están prestos a rescatarla de sus verdugos y a atenderla con amor —esa palabra tan mancillada en estos días— hasta que sanen sus heridas, se ponga de pie y emprenda la marcha indetenible hacia un futuro iluminado por leyes justas y sabias que, estrictamente respetadas, erijan murallas inexpugnables alrededor de los derechos naturales del ser humano. Empezando por los de pensar y, en el marco de esas leyes, expresarse y actuar libremente; derechos esos tan temidos y asediados por una dictadura que afanosa, inútilmente, se empeña en convertir al nicaragüense en un sumiso vasallo, un ser presto a obedecer las órdenes del amo. A cambio de algunas migajas. O, caso contrario, a abandonar su tierra, carne humana trocada en nuestro principal producto de exportación
Y esos hombres y mujeres, unidos, jamás serán doblegados por la dictadura. Tendrá esta que marcharse por la puerta del fondo. Junto con la angustia… Cuando se logre forjar una unidad sólidamente asentada en principios irreductibles, innegociables. Principios que, para empezar, son incompatibles con la intención, y a veces hasta ansiedad —acompañada frecuentemente por irrespetos a la voluntad popular, la ética y la democracia interna— de acceder a cargos públicos para mejorar situaciones económicas, alcanzar poder y protagonismo, y recibir homenajes y pleitesías. Principios que, puestos en práctica, la hagan merecedora de la confianza de esa población, tantas veces como ella cifró esperanzas en promesas de redención que sujetos corruptos e inescrupulosos en disfraz de libertadores sin piedad burlaron; para que sus largamente acariciados sueños de riquezas y poder dejaran de ser una tentación
Las amargas experiencias iniciadas en los años setentinueve, noventa y noventaiséis abrieron paso, entre la frustrada ciudadanía, a extendidos sentimientos de desconfianza, apatía e impotencia: la ansiada unidad está obligada a vencerlos. Logrado esto, estará también conquistado el más preciado de los tesoros, la credibilidad. El instrumento imprescindible —necesario, mas no suficiente, desde luego— para que un pueblo unido, exultando confianza, seguridad en sí mismo y decisión, arroje a la angustia por la puerta del fondo. Para siempre. Y recupere sus libertades, sus derechos y su patria. Sobre todo. Su patria, a la que habrá de arrancar de las garras celestinas que creen poder negociar su honra. A la que luego curará heridas, pondrá en pie y acompañará en el largo camino hacia su engrandecimiento.
Yo tengo confianza en que los esfuerzos que al presente se hacen superarán los obstáculos que en su sendero se interpongan, y en que la victoria, y con ella el inicio de una nueva etapa en la historia de Nicaragua, ardua pero plena de esperanzas, no está muy lejana
El autor es escritor, autor de la maldicion del güegüense
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