Lucía Urrutia
Reclamos sociales que van más allá de la política, una ola de protestas que se viene manifestando de manera simultánea y constante alrededor del mundo. Recientemente, las protestas han tenido lugar en ciudades, como Río de Janeiro, Estambul y también en nuestra capital, Managua.
Las protestas en Turquía, Brasil y Nicaragua tienen un común denominador: ciudadanos que quieren ser escuchados. En nuestro país, las protestas de los indignados, ocupantes, los abuelos, los jóvenes, entre otros, reflejan una necesidad latente de cambio. Son protestas que nacen y se reproducen alrededor de problemas sociales como la desigualdad, el desempleo, la discriminación, la corrupción y la violencia.
Es fundamental comprender que estas protestas no son de naturaleza meramente económica; sino que cantan al unísono una melodía de justicia social y que a su paso reclaman transparencia de parte de gobernantes, élites e instituciones del Estado. Ellos exigen un desarrollo orgánico e integral que englobe no solo elementos directamente relacionados a la evolución económica del país; sino también temas muchas veces subestimados por economistas y politólogos, como la (trans)formación del Estado y el pleno respeto de los derechos humanos.
Por otra parte, estas son protestas que han trascendido y se han transformado en movimientos con fuerza propia, dando lugar al nacimiento de una nueva dinámica política, al nacimiento de nuevos y nuevas ciudadanas. No es la protesta de los ricos, de los pobres, de los de izquierda o de derecha, es la nueva lucha de ciudadanos que están cada día más conscientes del rol que juegan, tanto en sus propios países como en el mundo. No se trata de reclamar privilegios, sino calidad de vida, se trata de necesidades básicas, de la dignidad humana que muchas veces se diluye entre indicadores económicos y retórica política.
El éxito de estas y otras protestas es todavía muy prematuro de estimar. Bastará el tiempo y sus legados de corto y largo plazo, para calcular el impacto que ellas dejarán. Hacen falta más líderes dispuestos a dialogar, escuchar, y sobre todo a comprometerse de manera tal que los monólogos, que tanto provocan alienación en muchos, se puedan convertir en diálogos, y así dar paso a un canal de comunicación y cooperación saludable.
Sea cual sea el impacto de las protestas arriba mencionadas, es simplemente imposible ignorar o tratar de silenciar estas voces. Abusar la integridad física de los protestantes es inaceptable y a su vez contraproducente. Los manifestantes, nuevos ciudadanos, están comprometidos con sus realidades y a su vez muy informados de su entorno y del poder que tienen en sus propias manos. Ningún Gobierno es ajeno al impacto de las redes sociales. A su vez, el descontento con los partidos políticos fomenta la cohesión social así como también el ingenio de protestantes que cada vez más utilizan el arte, medios de comunicación y la música, para demandar sus derechos y de una vez por todas ser escuchados. En Nicaragua, los adultos mayores exigen un espacio, exigen una pensión, exigen ser tomados en cuenta. Nada extraordinario, solo exigen sus derechos.
La autora es licenciada en Ciencias Políticas, UC Berkeley.
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