Luis Eduardo Martínez M.
Un afilado machete es la única herramienta que usa Guadalupe Pérez para moldear finas tiras hechas con corteza de bambú, fabricar canastos y venderlos a los dueños de fincas cafetaleras para la recolección del café en el municipio El Tuma-La Dalia, Matagalpa.
Igual puede hacer los canastos usando algunas variedades de carrizo, pero el producto final tiene menor vida útil que el fabricado con bambú, explica Pérez, resaltando que el arte ha sido “una bendición y herencia” de sus ancestros, lo cual también quiere legar a su adolescente hijo, Giovanni Antonio Pérez Solórzano.
Ellos viven en el caserío conocido como La Castilla, que antes fue parte de la hacienda La Bonanza, en El Tuma-La Dalia. Guadalupe y seis de sus nueve hermanos aprendieron de sus padres, Santos Pérez y Etanislada Díaz, el arte de hacer los cestos.
Guadalupe y su hijo alternan jornadas como empleados en La Bonanza y la manufactura de los canastos en su casa. Él alista la base o fondo del cesto, mientras Giovanni le ayuda con la parte superior.
“He sido bendecido con este muchacho que me ayuda porque estamos sin trabajo, ahí nos rotamos en la hacienda, pero él me ayuda. Ya en este tiempo nos empiezan a buscar y nos contratan, nos llevan a las haciendas o nos llevan el material a la casa. Hace poco en El Diamante (una hacienda) hicimos ochenta docenas”, cuenta Guadalupe.
Según él, los cafetaleros “a veces piden canastos de ‘carrizo pintado’ o con ‘carrizo de montaña’, que es el que nosotros le decimos ‘carrizo de fuego’, pero duran menos que los de bambú”.
Los pedidos que recibe “dependen de la finca y la cantidad de café que produzcan, hay unas que piden hasta más de cien docenas”.
Cada canasto se cotiza en veinte córdobas.
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