Relecturas, idas y vueltas

Para Rubén Darío, releer los textos de su Azul... (1888), algunos años después de su aparición, era como leer viejas cartas de amor. Él se refería a ese reencuentro sublime que uno puede vivenciar con lo que ha escrito ya hace tiempo, ese húmedo olor de los manuscritos guardados.

Ezequiel D’León

Rincón del malabarista

Para Rubén Darío, releer los textos de su Azul… (1888), algunos años después de su aparición, era como leer viejas cartas de amor. Él se refería a ese reencuentro sublime que uno puede vivenciar con lo que ha escrito ya hace tiempo, ese húmedo olor de los manuscritos guardados.

Nuestros escritos viejos nos hacen vernos a distancia como desde un espejo. Nos hacen retrotraernos a estancias de la vida que ya han sido transformadas para bien o para mal, pero transformadas. Es pues una conciliación de dos imágenes del yo personal, dos tiempos del yo, puestos en la dinámica texto-lector, unificados.

Viaje interior hacia uno mismo, el acto de leer textos que hemos escrito antes es una auténtica exploración de autoconocimiento, a veces con ciertos desengaños en medio del camino, a veces con ojos que descubren una nueva frescura que revitaliza la mirada de los textos. En otras ocasiones nos podemos incluso reír de las poses que nuestro yo había hecho propias o, lo peor, lamentarnos de las raíces que estas poses han hundido en nuestro corazón. Autoconocimiento, frescor, dolor… Todo es posible en una relectura.

Hanzel Lacayo parece hacer decir a la poesía: “ Yo soy tu razón,/ a estribos perdidos, / y nunca tengo la razón”. A la vez, él parece decirle a la poesía: “Aún así te soñé, te seguí;/ a pesar de que siempre supe / que habitabas dentro de mí ”. Escribir es en suma “seguir” señales desde dentro, recibir intuiciones que nacen, ordenar ideas que brotan en libertad, aflorar en emociones, digerirlas humanamente con el alma. Así que unos textos escritos en periodos anteriores pueden darnos cuenta de lo que ha sido nuestra búsqueda intuitiva en la vida, nuestros pequeños despertares, también nuestras propias tinieblas, porque son un registro de ruta, una incursión que ha marcado los pasos del presente que se renueva a cada segundo, convirtiéndose en la vana ilusión del pasado.

Pero en todo esto hay un riesgo no menos cierto. La exploración de ciertos registros de escritura nos pueden acabar anclando en el pasado, máxime cuando nos generan nostalgia de lo ido, nostalgia de pérdidas, duelos. Es ahí entonces donde la escritura, fuego sanador, nos invita a continuar la travesía de la vida, trasladarnos en claro al momento actual, desidentificarse de las cargas viejas, aprender a soltar lo escrito, lo vivido, dejarlo ir. La escritura nos estimula a la paradoja de sentir nostalgia por el futuro. Todo esto para poder preguntarnos sobre nuestra capacidad de asombro y de sueño, otra vez con palabras de Lacayo: “ ¿Pero he prestado suficiente poderío/ a las ilusiones, los entresijos?

Cultura literatura Rubén Darío archivo

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COMENTARIOS

  1. Balada al Tiempo...
    Hace 13 años

    Podemos robarle al tiempo para atras o adelante,
    un sabor exotico que no se muere en un instante…
    porque todos bajamos las estrellas con un canto…
    para quedar clavadas para siempre en un encanto.

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