El futuro depende del hoy

Nicaragua atraviesa desde hace algún tiempo una fase de la transición demográfica caracterizada por la rápida declinación en la tasa de fecundidad de las mujeres. Esta pasó de 7.2 hijos por mujer en 1950-55 a cinco en 1985-1990 y ha alcanzado los 2.55 hijos por mujer en la actualidad.

Adolfo Acevedo Vogl

Nicaragua atraviesa desde hace algún tiempo una fase de la transición demográfica caracterizada por la rápida declinación en la tasa de fecundidad de las mujeres. Esta pasó de 7.2 hijos por mujer en 1950-55 a cinco en 1985-1990 y ha alcanzado los 2.55 hijos por mujer en la actualidad.

La evidencia muestra que normalmente existe una marcada relación de correspondencia entre el gasto en capital humano y la disminución de la fecundidad. Las sociedades con tasas de fecundidad a la baja como la nuestra usualmente gastan mucho más por cada menor en salud y educación.

El aumento en la inversión por niño, asociada a la disminución de las tasas de fecundidad, a su vez tiene el potencial de generar un círculo virtuoso. Si se materializa esta mayor inversión por niño, los futuros niveles educativos más altos derivados de la mayor inversión por niño se traducirían en una reducción ulterior de la tasa de fecundidad, liberando recursos para mejorar aún más la inversión por niño.

El resultado sería un incremento sostenido, a lo largo del tiempo, en la dotación de capital humano por trabajador, y que las próximas generaciones de población económicamente activa, con una mayor y mejor dotación de capital humano, fuesen más productivas que la actual.

Este punto es importante porque implica que, si bien los países con bajas tasas de fecundidad tendrán en el futuro menos trabajadores, estos se habrán beneficiado directamente de una mayor inversión en capital humano y, si esto contribuye a aumentar de manera importante la productividad, la fuerza de trabajo más reducida del futuro será sustancialmente más productiva que la actual fuerza de trabajo, más numerosa.

A su vez, el incremento sistemático de la productividad a lo largo del tiempo resulta clave para enfrentar la siguiente fase de la transición demográfica —la fase del envejecimiento de la población—, porque es la única manera en que un número más reducido de personas en edades productivas será capaz de generar los (crecientes) recursos necesarios para sostenerse a sí mismas, incrementando su nivel de vida, y a la vez sostener niveles de vida también crecientes para el número en ascenso de adultos mayores.

En el caso de Nicaragua, si utilizamos el gasto en educación por estudiante como indicador de la inversión en capital humano por niño, a pesar de los incrementos en el Gasto Público en Educación verificados en la última década, el Gasto Público real en Educación por estudiante, es decir por niño, adolescente o joven matriculado en el sistema educativo, todavía muestra niveles significativamente inferiores a los prevalecientes hace cuarenta años.

Lo que debemos tener en cuenta es que el presente no está desvinculado del futuro. El problema es que las actuales cohortes de niños y adolescentes constituirán el grueso de la fuerza de trabajo de la cual dispondrá el país en las próximas décadas, y desde ya se está condenando a una gran parte de ellos, por las siguientes décadas de su vida adulta, a niveles de capital educativo promedio muy bajos, que con toda probabilidad los condenarán a poder desempeñar principalmente empleos de muy baja productividad.

Nuestro país no solo se encuentra entre aquellos con mayores grados de pobreza infantil en la región, sino que también, pese a los incrementos que ha experimentado, el gasto por estudiante nicaragüense continúa siendo sumamente bajo, comparado con los niveles regionales.

Para el país como un todo, ello significará que, si gran parte de su fuerza de trabajo se ve entrampada en empleos de baja productividad, la productividad promedio y el ingreso per cápita del país continuarán siendo bajos —al margen de auges económicos causados por eventos temporales—.

Para ilustrar esta idea, si damos seguimiento, a lo largo de los próximos quinquenios, a las cohortes de nicaragüenses que en 2010 habrían tenido entre 0 y 19 años, asumiendo que es la población que para ese año estaba en condiciones de ser objeto de atención del sistema educativo. Para el 2025, todos los nicaragüenses integrantes de estas cohortes se habrán integrado por completo a la población en edad de trabajar, y representarán el 55.4 por ciento de la misma. Es evidente que el capital educativo que haya acumulado para entonces se habría determinado en lo fundamental a partir de los esfuerzos educativos que se hayan hecho en la actualidad, es decir, a partir de 2010.

El resto de personas en la población en edad de trabajar en el año 2025 estará representado por cohortes más viejas, cuyo capital educativo se determinó en los quinquenios previos a 2010.

Todavía en el año 2040 las cohortes que en 2010 tenían ente 0 y 19 años continuarán representando el 45.1 por ciento de la población en edad de trabajar y, en conjunto con las cohortes más antiguas, representarán todavía el 63.8 por ciento de dicha población. En 2050 las citadas cohortes aún representarían casi el 44 por ciento de la población en edad de trabajar.

En otras palabras, el futuro de lo que será la fuerza de trabajo nicaragüense en el mañana, es decir en las próximas décadas, en lo que se refiere a la calidad de la misma, y por consiguiente a su potencial productividad, estará en gran medida determinado por el esfuerzo que se haya hecho o dejado de hacer hoy en materia de inversión en el capital educativo de los niños y adolescentes, y el esfuerzo que se hizo o no se hizo en las décadas previas. Por consiguiente, el futuro del país debemos comenzarlo a cambiar “hoy”.

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