Hanzel Lacayo
Con maletas ligeras quise jugar el papel del minicuentista triste, a menudo tragicómico; el pesimista que boga con la cabeza en alto y a veces se atreve a reír.
Alguien en cuyos últimos meses tuvo poco tiempo para leer y escribir narrativa (la mayor parte del libro se escribió bajo el agua); alguien que ha querido, por ahora, divertirse a su manera sola, nostálgica, y ocultar, más que mensajes de suerte en las galletas de la fortuna, unas cuantas partículas de vidrio y limadura de hierro, enrojeciendo los labios con heridas que sanan para mañana, o los remanentes de las amalgamas que se destruyen de repente y pueden abrir orificios en las vísceras, quizás hasta partir con la noción de que ha hecho las cosas con reglas un poco diferentes.
Fue hasta que revisé la estilística del humor que pude sonreírle seriamente a la predictibilidad de la forma con la que este género se degenera, la sonrisa seria de lo que no llega a convertirse en un chiste o una elucubración de juegos de palabras, que no deja de ser válida si se raciona. Tal vez, si el microrrelato pretendiera demostrar una capacidad, al hacerlo, demostraría inmediatamente su incapacidad de permitir al lector seguir soplando el barro, narrando omniscientemente e, incluso, profanándonos en una experiencia extracorpórea.
Esto mucho tiene que ver con la vena de los autores y sus lectores, lo que han edificado con el tiempo; y con cuestiones como si habremos de respetar al texto por su autonomía, su relación con textos equivalentes, su armonía grupal o su autocracia todopoderosa, sea pues: su capacidad transformadora.
Apenas empezaba a asomar cabeza, y había reunido alrededor de treinta microrrelatos. En aquel entonces los hablaba mucho con Ezequiel D’ León Masís, quien a su vez con poco recreaba y exhortaba a tomarme todo este asunto muy en serio.
[/doap_box]
LA SEMILLA
Con esta clase de semilla en la mano, al microcuentista no le queda más que aprender a decir adiós a la novela posible por cauterizar una idea que le obsesiona en pequeño, al verso de un poema para que no viva en el poema, armarse de menos cosas en naufragios de recursos limitados (de los que sus aflicciones ya no se dotarán) y aprender a hacer que todo quepa, aprender a viajar ligero.
Con esto no quiero renegar de la validez y responsabilidad de la estilística de obras que sí narran con riqueza. (Estoy consciente de las imposibilidades de este des-generado). Y es que no falta quien quiera batallar montado en una pluma. Espero haber creado el pájaro completo. Tal vez este sea el punto que permita paso a más vectores en una ceremonia más dilatada con otras formas de narrativa, y que la viola no solo ha hecho lo que una viola.
Por otra parte, he querido engarzar mortalmente muchas historias en tándem. Sobre el Estereoscopio de los solitarios , J. R. Wilcock consideraba su libro como “una novela con setenta personajes que nunca llegan a conocerse”.
El barco, antes de ser tragado
Hanzel Lacayo
Algunos pensaron que se trataba de un voraz remolino; otros, de una yuxtaposición del hemisferio en torno al Triángulo de las Bermudas; pero la causante fue la Gran Tortuga, que en ese instante abrió su boca para bostezar.
Los mutilados
Hanzel Lacayo
Ambos se acostaron y, sin cerrar los ojos, se quedaron en silencio. No se tomaron de las manos; tampoco dijeron nada. (No tenían manos y no había nada qué decir). Solo los pies, no mutilados, amantes de guerra, se tomaron de los pies.
Segundos antes de la vida
Hanzel Lacayo
Cumpliendo las palabras del augurio, la muerte acudió puntual a la escena portando el ramo con malvas del cementerio, pero al mirar dentro de la bañera, donde habían acordado enlazarse, la novia ya había decidido casarse.
Todo en orden sobre el tablero
Hanzel lacayo
La reina se petrificó y el rey se infartó segundos antes de irse. Los peones evolucionaron hasta convertirse en alfiles. Las torres cayeron como fichas de dominó y el ajedrez por fin se jugó con damas y caballos de verdad.
El estrangulador
Hanzel lacayo
Con tal fuerza retorció sus calcetines hasta que ya no gotearon más. Al colgarlas en el tendedero, lamentó que las blancas plumas siguieran desprendiéndose.
Sedante
Hanzel lacayo
Luego de ser acorralada, la oveja ultimó saltar de un lado a otro sobre la cerca hasta que uno a uno los lobos se quedaron dormidos.
Descargas
Hanzel lacayo
Un hombre ve un ratón nadando dentro del inodoro y baja la palanca. Dios ve un náufrago forcejeando con el mar y baja la palanca.
La niña y su dibujante
Hanzel lacayo
Cansada de maquillar las razones tras los manchones en su vestido, tomó sus labios y borró el lápiz.
El último día de los dinosaurios
Hanzel lacayo
El asteroide desnudaba la Tierra con pinzas, cuidadosamente dos o tres océanos seleccionaba, mientras yo tallaba sobre tu espalda el último día de los dinosaurios.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B