JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Sorprende la formalidad después de comprobar que dos años continuos de ensayo bastaron para que se instalara la Orquesta Sinfónica Juvenil de Nicaragua Rubén Darío, dirigida por los maestros Ramón Rodríguez y César Bermúdez. El lapso perseverante le puso sello al encargo de incluir en el programa la música y los ajustes dificultosos.
En el último concierto —el más amplio y movedizo de los que he escuchado— celebrado en el Teatro Nacional Rubén Darío —se partió de la época barroca de Henry Purcell cuya suite delicada por la heterogeneidad de sus paisajes— aire, overtura, rondó, minuet, fue retratada para convidarnos a un viaje retrospectivo, traslación sumamente válida, pues en cuanto asomó el estilo asomó la época. Y en el tránsito se sintió el espíritu de Mozart en los niveles ceñidos del concierto y de la sinfonía, no sesgado el arreglo moderno de los temas cinematográficos como los de Richard Rodgers, Elmer Bernstein y John Williams, autores que requieren a las formaciones con mayoría de edad en calidad y cantidad. Acaso una sinfonieta en la concepción numérica exprimiendo el jugo en medio de la limitación de recursos de un atuendo tan variado: cuerdas, metales, viento, percusión. Y más evidente se hizo la riqueza de opciones cuando cerraron con el arreglo de Raúl Martínez sobre La danza negra.
Estos artistas extrajeron lo mejor del tiempo, sacaron las esencias del provecho al haber demostrado la entrega al ensayo con notas publicadas por una conexión que se quedó en la memoria del oído. Es atinado reconocer la validez de esa fase preliminar en la que el solfeo, el dictado y la teoría conjugan el corolario. Ahora la tendencia es hacia la superación, la atención a la buena música, teniéndola como lema en el ejercicio gozoso del qué hacer.
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