Quiero, en primer lugar, dar las gracias a la señora Ginny Stikeman por su generosidad en hacer posible la creación de este premio con el cual el Festival Metrópolis Azul honrará de ahora en adelante a los escritores de lengua española. Dar las gracias también a los organizadores del Festival por esta hermosa iniciativa, y a los miembros del jurado que me eligió como primer ganador del premio por mi novela La fugitiva, una distinción que habrá de marcar mi obra literaria.
Soy un escritor que puede reconocer en sí mismo un mérito, y es el de la perseverancia. He ejercido la literatura como oficio a lo largo de cincuenta años, unas veces con más intensidad, otras ateniéndome a los reclamos de la vida, como cuando puse por encima de la escritura la revolución que derrocó en Nicaragua una dictadura familiar de medio siglo. Pero nunca he dejado de creer a lo largo de mi vida que la palabra es sinónimo de libertad, y que el universo que bulle en la creación literaria no puede nunca estar sujeto a ningún credo, ni a ninguna ideología.
LENGUA VASTA, CAMBIANTE Y MÚLTIPLE
Mi lengua es una lengua muy vasta, cambiante y múltiple, una lengua que es muchas lenguas, y que se extiende hacia el norte de América junto con los emigrantes, por muchas barreras que se le pongan. El español es nuestra lengua mojada, que viaja muchas veces clandestina pero por fin termina obteniendo carta de ciudadanía. Y en lugar de recogerse sobre sí misma se expande cada día, haciéndose más rica en la medida en que camina territorios, emigra, se viste y de desviste, se mezcla, gana lo que puede de otros idiomas, reemprende viaje y sigue andando, lengua caminante, revoltosa y entrometida, sorpresiva, maleable, que gana todo el tiempo hablantes, y multiplica el número de escritores que se expresan en ella.
Claro que el tamaño de una lengua no se mide por sus límites geográficos, ni creo que haya lenguas pequeñas. Todas tienen sus propios registros mágicos e inmensas posibilidades literarias. Siempre me ha intrigado saber lo que es sentirse escritor de una lengua con el país por cárcel, oprimida dentro de las rejas de la comunicación y la expresión local, una lengua que no se habla más allá de las propias fronteras. Hay escritores que desde allí, desde esos compartimentos, se han trasplantado a alguna de las grandes lenguas europeas, como es el caso de Milán Kundera, que ahora escribe en francés, y no en checo. Eso es muy legítimo, y Kundera es un gran escritor. Pero para mí, una renuncia semejante significaría alejarme de la casa de la infancia para siempre clausurada, desde donde me llegan las voces que un día aprendí para siempre.
Quitarse la lengua uno mismo, o que se la quiten por la fuerza. Otro de los grandes escritores centroeuropeos, Sandor Marais, sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces solo podían leerse en húngaro, fueron prohibidos en su país. Y así el mundo se perdió por muchos años la espléndida belleza de sus palabras, mientras él decidía su suicidio en el exilio, ya sin lengua.
Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sandor Marais, o de lo que fue la antigua Checoslovaquia de Milán Kundera, y por eso me intriga, y me aterra, esa posibilidad de que nadie pudiera formé más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras, o su infierno. Al perder la lengua, cortada desde donde empieza, en lo hondo de la faringe, perdemos también la garganta, la boca, el oído, el olfato, la visión.
LAS RAÍCES, LAS FORMAS DE EXPRESIÓN
Al perder la palabra, perdemos la memoria, si no es que, por rara excepción, hallamos una nueva patria verbal, como en el caso de Vladimir Nabokov, o en el de Joseph Conrad, que emigraron los dos hacia el inglés, desde el ruso, que no es una lengua de escaso territorio, y el polaco, y vinieron a ser grandes estilistas de su nueva lengua, a la que hicieron más rica.
Para ser trasplantado hay que ser arrancado de las propias raíces, porque la lengua no es solamente una forma de expresión que uno pueda cambiar en la boca a mejor conveniencia, sino que es la vida misma, la historia, el pasado, y aún más que eso, el existir en función de los demás, porque la lengua sola de un individuo hablando en el desierto no tendría sentido, menos para un escritor, que si existe es porque lo leen, y porque alguien más comparte sus palabras, y las vuelve suyas.
En nombre de mi lengua española, y de su literatura, muchas gracias por esta distinción que me da mayores razones para creer en mi oficio de escritor.
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