Max L. Lacayo
Nicolás Maquiavelo ganó su reputación de pensador político inmoral a través de sus escritos; por la esencia misma del contenido de su obra quincentenaria.
El propósito de la principal obra de este florentino del Renacimiento es hoy parodiada —con frecuencia y de manera truncada— por sus pequeños adeptos que florecen en el diálogo político de las naciones dominadas por tiranos o por gobiernos obtenidos de manera ilegal e ilegítima.
Muchos analistas políticos nicaragüenses y articulistas —entre otros— cifran sus esperanzas en Daniel Ortega en la manera que Maquiavelo cifraba las suyas en Lorenzo de Médicis. De ahí el tipo de consejos que brindan a Ortega: “No importa cómo adquiriste el poder, lo importante ahora es conservar ese control, a todo costo”.
En esa imaginación —creativa y de conveniencia— fluyen las “palabras de Maquiavelo” a Ortega: “Para tu ventaja Daniel, en tu pueblo habita la tradición de vivir sujeto a un caudillo; a no entender de independencia”.
Y así brotan los consejos: “Tus amigos leales armados, Daniel, tus instituciones militares y policiales son fuertes y están a tu completo servicio. Con su apoyo, los males presentes deben ser decisiva y brutalmente eliminados y los males futuros prevenidos.
“Sigue enriqueciéndote y comparte con los grandes empresarios y estos verán prestigio en tu prosperidad. Compra opiniones y obtendrás tus más fieles proselitistas. No contradigas a las instituciones bancarias internacionales y al pueblo sigue regalándole hojas de zinc y gallinas ponedoras.
“Mantén tu apoyo absoluto, Daniel, al nuevo presidente ilegítimo de Venezuela. Aconséjalo de tus buenas disposiciones y juntos sigan formulando instituciones y promoviendo la idea de que estas existen para la defensa de los débiles.
“Daniel, los ministros, los diputados, los magistrados, los jueces, son tus fieles súbditos. Ninguno tiene mayor ambición que tu propio bienestar. No hay posibilidades de descontento entre ellos; siempre coincidirán en todo. Sigue ocupándote en mantenerlos buenos, con honores y riquezas.
“Tu pueblo, Daniel, tiene una memoria política muy corta. Sigue, pues, dependiendo solo de ti y de tu fuerza. Impone tus leyes y tus instituciones con carácter. No tienes obstáculo. No tienes oposición.
“Lo que más me gusta de ti, Daniel, es que todas tus amistades y alianzas te son útiles. Y la otra cosa que te admiro sobremanera es tu sabiduría para usar la crueldad. Castigas decididamente y sabes como borrar los rencores con los beneficios apropiados.
“Eres acertado, Daniel, en esa mágica fórmula de leyes justas y armas fuertes. Y es que todas las leyes son buenas, cuando son buenas las armas. No puedo más que elogiarte, por la forma permanente en que te ocupas de tu ejército y de tu cuerpo policial.
“Todos tus vicios, Daniel, implican el bienestar de tu reinado y la seguridad de tu autoridad. Siempre la brutalidad y la avaricia son causa de un poco de descrédito, pero engendran toneladas de respeto y admiración. Eres amado y eres temido a la medida perfecta.
“Tú nunca perderás el poder, pues solo por cobardía se pierde este. Tú sabes defenderte, tú tomas precauciones, tú estás en sincronía con el estilo político nicaragüense y con los tiempos que vive esta nación. Has domado a la suerte”.
Sin embargo, este Maquiavelo imaginado por sus contrapartes modernos se detiene sin su final exhortación a dar libertad a Nicaragua; sin una intención de rescatarla de los “bárbaros” que la saquean.¡Cuántos Maquiavelos han ido surgiendo de los escombros políticos en Nicaragua!
¡Cuánta inmoralidad (o amoralidad) del pensamiento político!
El autor es Economista y escritor