Noche argentina

Esta vez por el vestuario folclórico —recopilación nata de la imaginación popular que le puso a su noche— en la que no se detuvo su sonrisa, a Liliana Herrero Aróstegui, no le correspondía estar sola en el proscenio del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica el 17 de abril, pedaleando en la palanca movible del piano.

JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA

Esta vez por el vestuario folclórico —recopilación nata de la imaginación popular que le puso a su noche— en la que no se detuvo su sonrisa, a Liliana Herrero Aróstegui, no le correspondía estar sola en el proscenio del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica el 17 de abril, pedaleando en la palanca movible del piano.

No tuvo su presentación estructurada con los ritmos y las canciones que obligaban al coro, la particularidad común en el concierto de concentrarse en la soledad donde están la ejecutante (ella) y el instrumento.

Quiso hacer de su noche más que la comunión interiorista de dos factores únicos, la participación de todos con las voces y los laureles de las manos en formación de sonido acorde con la peculiaridad rítmica invocada.

Liliana llamó a la concurrencia para que la acompañaran, hubiese correspondencia en el plenario y saliera del silencio la letrilla mancomunada con la evocación, concordante con la proclama de “todos a la vez” en lo que también tuvo de tertulia libre en cuyos recodos cupo oportuno el vino que ella se hubiese tomado si hubiera tenido sueltas las manos. Aquello era para brindar y cantar, recibir así cada compás campechano. Sumaron los tesoros individualizados del alma.

Hubo desde la nostalgia habanera buscando el retorno a lo que fue, hasta la canción de cuna en versión de tonada cuyana, recorriendo en el camino, la canción pampeana, el rasguido de la guitarra en manos del amor, simulada en el teclado, la danza, el tango, el chotis criollo, la milonga.

Así lo quiso Liliana desde la niñez, no sabiendo que en la gozosa madurez, iba a cantar en coro conclusivo “Nicaragua, Nicaragüita”…

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