Adolfo Acevedo Vogl
Economista
La restricción fundamental para el desarrollo de nuestros países es una especialización internacional basada en las ventajas comparativas “ricardianas”, que se concentra en productos de bajo valor agregado y limitada elasticidad de la demanda. Este tipo de especialización internacional está asociada a estructura productiva escasamente diversificada, con exportaciones concentradas en pocos productos, de bajo valor agregado, sin una internalización de las actividades más intensivas en conocimientos.
En general, si se observan períodos largos, se constata que los bienes en que se especializan nuestros países muestran una baja elasticidad ingreso de la demanda de exportaciones. Por otra parte, esta misma estructura poco diversificada y con escasas articulaciones productivas internas depende cada vez más de las importaciones para satisfacer la demanda de bienes intermedios y de uso final (bienes de consumo y de capital).
Para desplazar esta restricción, en el mediano plazo se deben generar procesos de cambio estructural que contribuyan a diversificar la canasta exportadora y los encadenamientos productivos. El desarrollo económico requiere reasignar recursos hacia sectores o actividades intensivas en conocimiento y en innovación tecnológica.
Es necesaria, además, la creciente diversificación hacia sectores y actividades que tengan un rápido crecimiento de la demanda, interna y externa, de tal forma que esta demanda pueda ser atendida con oferta interna, y que las exportaciones y las importaciones crezcan de forma balanceada, sin generar presiones insostenibles en la balanza de pagos.
De este modo, el desarrollo está asociado a una estructura productiva que muestra dos tipos de eficiencia que pueden ser consideradas dinámicas, en el sentido de que representan trayectorias de más rápido crecimiento de la productividad, la producción y el empleo en el tiempo.
La primera es la llamada “eficiencia schumpeteriana”, dada por la presencia de sectores más intensivos en conocimientos, con mayor difusión de capacidades hacia el conjunto de la economía y que lideran el proceso de innovación, impulsando los aumentos de productividad, tanto en su propio sector como en otros sectores. La segunda es la “eficiencia keynesiana”, que se relaciona con el dinamismo de la demanda de los bienes producidos en el país, tanto para el mercado interno como externo.
Los dos tipos de eficiencia dinámica están muy relacionados; en general, los sectores cuya demanda crece más rápido son también los de mayor dinamismo tecnológico e intensidad en conocimientos. Es fundamental que el cambio estructural fortalezca sectores dinámicos tanto desde el punto de vista tecnológico como de la demanda, ya que aumentos de productividad sin el aumento de la demanda podrían generar subocupación o desocupación.
El cambio estructural es, precisamente, salir de un modelo de eficiencia estática (ricardiana) hacia otro con niveles más altos de eficiencia dinámica.
El progreso técnico ocupa un rol central en la definición de los patrones de especialización de los países. Sobre la base de la existencia de asimetrías tecnológicas internacionales, los países con mayor nivel de desarrollo de sus capacidades innovativas y liderazgo tecnológico cuentan con ventajas absolutas derivadas de rendimientos crecientes, posibilidades de división del trabajo smithiana, progreso técnico y procesos de learning by doing (aprender haciendo).
La tecnología no solo afecta la tasa efectiva o potencial de aumento de la productividad, sino también el patrón de especialización. Esto es el número y el tipo de bienes que una cierta economía es capaz de producir competitivamente.
La “competitividad auténtica” —la capacidad de cada país de mantener o aumentar su participación en el mercado externo e interno sin reducir el salario real de sus trabajadores— es una función de la distancia del país con respecto a la frontera tecnológica, y de su capacidad de acortar esa distancia rápidamente.
Cuando la brecha tecnológica es muy alta, el país rezagado solo tendrá capacidad de producir un número limitado de bienes, aquellos de menor intensidad tecnológica, en condiciones de baja productividad relativa. Economías muy rezagadas tecnológicamente tenderán a especializarse en bienes con bajo contenido tecnológico, bajo valor agregado y escasa elasticidad de la demanda.
Como en los sectores de baja intensidad tecnológica la productividad tiende a crecer menos que en los de más alta intensidad tecnológica, el tipo de especialización internacional que se deriva de lo anterior implica también un menor potencial de aprendizaje y de aumento de la productividad en el largo plazo.
Desde esta perspectiva, las asimetrías tecnológicas en favor de los países desarrollados explican por qué las exportaciones de los países de menor desarrollo se concentran mayoritariamente en bienes y servicios con baja elasticidad ingreso de la demanda, lo que compromete la posibilidad de aumentar las ventas externas y refuerza la necesidad de importar bienes de mayor complejidad tecnológica desde las economías desarrolladas.
El proceso de desarrollo involucra por consiguiente un esfuerzo de diversificación de la estructura productiva, desde una basada en las ventajas comparativas estáticas, hacia una sustentada en ventajas comparativas creadas. Esto conlleva un esfuerzo por asimilar, dominar y eventualmente innovar, a partir de las tecnologías de “frontera” y las actividades de producción correspondientes, independientemente del perfil de las “ventajas comparativas” ricardianas.
Esto implica la necesidad de promover, incentivar, apoyar, y proteger aquellas actividades y sectores con mayor capacidad de generación y difusión tecnológica, y de extender la dinámica industrial al conjunto del tejido del aparato productivo, a través de la promoción de encadenamientos y complementariedades intersectoriales.
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