Arte, libertad y locura

Creo que la tentativa más profunda de todo arte se funda, sobre todo, en cierto afán o cierta necesidad de ejercer un malabar de libertad, como cuando juega un infante, en él se esconde cierto morbo de poder para plantear la propia libertad, plantear el propio territorio, las propias reglas de su mundo interior.

Ezequiel D’León

Creo que la tentativa más profunda de todo arte se funda, sobre todo, en cierto afán o cierta necesidad de ejercer un malabar de libertad, como cuando juega un infante, en él se esconde cierto morbo de poder para plantear la propia libertad, plantear el propio territorio, las propias reglas de su mundo interior.

En este afán, los límites de la imaginación se confunden en infinitud de potencialidades. Ahí el arte es el espacio de la libertad, el espacio de una expresión incansablemente combinatoria, abierta siempre hacia el teatro del asombro, la arena infernal de lo curiosamente renovado.

Desde luego, lo que para cada individuo sea “su” libertad será siempre una referencia meramente subjetiva y, por lo demás, cambiante y movediza. Imaginación, hemos dicho, a la par de las experiencias de libertad que el arte aporta. En este binomio se entrecruza un determinado borde, una frontera que acaso solo puede ser entendida dentro del proceso creador. Se trata de la frontera de lo que podemos llamar intuición creativa, me refiero a ese instinto que hace decidir algo en vez de otra cosa, eso que hace seleccionar un elemento en vez de otro, un tono antes que otro, una forma sobre otras formas.

“Siento el dolor menguante poco a poco / no porque ser le sienta más sencillo, / mas fallece el sentir para sentillo, / después que de sentillo estoy tan loco”. Eso nos canta Garcilaso de la Vega. Sublimación del sentir, creatividad y frontera límite de la locura, todo como ansia de la propia libertad, como ciclo determinante de la búsqueda de sí mismo.

Pero esta intuición creativa, ese saber prelógico, es una frontera que rivaliza con la razón y va más allá de la razón. Es un margen de exploración muy amplio que solo puede rayar con el océano más vasto que conoce la mente humana: la locura. El registro de los sentidos es comúnmente sublimado por todo arte y es en esta sublimación emocional donde se da el roce con la extrema ternura de este mar de la locura.

La locura es una desorbitada necesidad de curiosidad por autoconocerse, por conocer el mundo y desentrañarle su máscara y, en la práctica del arte, el conocerse a sí mismo y el conocer el mundo no deja de ser siempre una “energía motriz”, como dice Ron Davis, que activa un proceso de evolución permanente.

Por eso, cada vez que atestiguamos la expresión artística de alguien, nos asomamos realmente a un proceso de evolución interior, a una ventana-límite de su curiosa creatividad.

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COMENTARIOS

  1. PARADOJAS ENCONTRADAS
    Hace 14 años

    Siempre que tratamos de descubrir el proposito de nuestra existencia
    nos damos cuenta, que sobra demasiado espacio para darnos cuenta
    que el tiempo de nuestra vida nunca sera suficiente para conocer quienes somos…

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