Placer y dolor de la escritura

Tal vez sea irrelevante el hecho de escribir para quien está acostumbrado a no hacerlo de forma creativa ni regular. Pero para quien ha encontrado en la escritura un canal de expresividad creativa, dejar de escribir puede significar literalmente jugar con fuego o, incluso, jugarse la vida misma.

Ezequiel D’León Masís

Tal vez sea irrelevante el hecho de escribir para quien está acostumbrado a no hacerlo de forma creativa ni regular. Pero para quien ha encontrado en la escritura un canal de expresividad creativa, dejar de escribir puede significar literalmente jugar con fuego o, incluso, jugarse la vida misma.

Por experiencia personal, cuando —distraído por otras búsquedas, otros hallazgos y otros desencuentros— he bloqueado mi propio canal de expresividad literaria, mi cerebro reptiliano me ha pasado la cuenta sin asco: ¡Chocoploff! Algo colapsa adentro, algo reclama ser. Me refiero a caer en la sensación profunda de tener un polvorín apretujado siempre a punto de detonarse, una bomba de contacto en el mero pecho, una olla de presión dispuesta a catapultarme a los sitios más sombríos de mi propio mundo interior.

Baudelaire, por todo esto, le confiesa a una amante en una carta: “Soy muy poco partidario de escrituras. Nos arrepentimos casi siempre de haber escrito”. Lo que se abrió hacia la luz de la lectura puede ser una fuerza interior que nos delate, una pista que nos evidencie en pampas, una prueba que se nos vuelva espejo del pasado, un espejo que queme y despierte pánicos o un espejo que inflame el ego, a veces y para muchos casos.

Es así que la escritura desempeña una importante ruta de salida, una línea de escape de todo aquello que se almacena durante un trecho del camino de este misterio que es la vida. En tal estado, hablaríamos acá de una terapéutica de la escritura. La escritura es fuego que sana en parte, ayuda a elaborar, construye y destruye al mismo tiempo, da poder de presencia a los fantasmas que habitan la mente de quien garabatea creativamente su devenir. Y es que con la creatividad, quien escribe expone su mundo emocional, sus posibilidades de integración o, muchas veces, sus marcas de desintegración yoica , su insight fragmentado y roto. Solo recuerdo, como ejemplo de esto, la poesía de Sophie Podolski y sus emblemáticos grafismos de desambiguación radical.

La escritura es, en suma, un nicho de encuentro para las proyecciones del yo. También la escritura tiene cierta función de pautar instancias a lo largo de un caminar emocional. Por eso aquello que fue escrito hace cierto tiempo en el pasado por nosotros mismos puede que ya no nos diga mucho de quiénes somos, porque nos hemos transformado en otra cosa o, también es plausible, que nos muestre la tendencia de alguna vía emocional que más bien ha expandido su doloroso estupor.

Placer y dolor van juntos, se desplazan en la paradoja de la escritura: por una parte, canal de expresión, y por otra, ensimismamiento que evade algo. Fuego sanador, fuego devorador, la escritura es capaz de redimir nudos emocionales o crearlos monstruosamente. La escritura es el escenario ritual de una danza siempre personal, siempre interior y en trance permanente de manifestación.

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