CARACAS/AGENCIAS
En la Academia Militar de Caracas, yace el cuerpo del presidente Hugo Chávez vestido con el uniforme militar verde oliva, la boina roja de sus días de paracaidista, y con la banda presidencial en el pecho, en un ataúd cubierto de vidrio. Lucía demacrado y pálido y sus labios estaban apretados, como lo describieron algunas personas que lograron verlo.
“No podía hablar, pero lo dijo con los labios… ‘yo no quiero morir, por favor no me dejen morir’, porque él quería a su país, se inmoló por su país”, agregó.
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Miles de seguidores vivieron ayer una epopeya para despedirse del fallecido líder bolivariano en un recorrido, de kilómetros, que cumplieron por igual ancianos, personas en sillas de ruedas y mujeres con bebés en brazos, que debieron lidiar con el sol y el desorden de quienes querían llegar rápidamente.
“Oye, tuve que luchar bastante, me empujaron, bueno, de todo, pero yo quería ver a mi presidente”, expresó John Jackson Rivero, un comerciante de 30 años, quien llegó con su esposa y, tras varios empujones, quedó separado de ella.
“Está vestido de militar, está así tranquilito, como sonriente, quedó bello”, agregó al salir emocionado de ver a su presidente después de haber esperado más de 13 horas en la intemperie.
“Está tranquilo, normalito, sin ninguna deserción física”, comentaba Tania Ustraiz, estudiante jurídica de 44 años, al subrayar lo “abocado” que estuvo el pueblo dentro de la Academia Militar.
Muchos explicaron que sentían la necesidad de “estar con él hasta lo último”, como Francia de Martínez, una jubilada de 69 años, que hoy volvía a hacer la cola después de haber visto al presidente ya ayer.
“Está bello, está lindo, igualito, como es él, más bello todavía”, comentaron un grupo de enfermeras al salir de la Academia pidiendo no ser identificadas.
“Es él, es él. Tal y como era, alegre”, sentenciaba John Jackson.
“No me quiero ir de aquí, aunque me ponga enfermo de tanto esperar para verlo”, dice Pedro Yánez, trabajador de la alcaldía de Ciudad Piar, que dejó a su esposa y tres hijos en casa para viajar a Caracas.
En el largo recorrido se observó una fila de rostros llenos de llanto, risas, vehemencia y cansancio. Personas que llegaron con euforia e ilusión por darle el último adiós a un líder amado por amplios sectores de las clases más humildes y visto con aversión por otros tantos venezolanos que no comulgaron con sus creencias y métodos.
Los asistentes al funeral tuvieron que someterse a pasar por un detector de metales, y para evitar que captaran una foto del cadáver del presidente se retiraban las baterías a los teléfonos celulares. Cuando arribaban al féretro, muchos ponían su mano en sus corazones o lo saludaban con cierta rigidez. Algunos alzaban y sostenían a sus hijos para que pudieran ver el rostro de Chávez.
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