En 1961 Leonard Hayflick demostró que una célula normal del ser humano solo puede replicarse entre 40 y 60 veces en cultivos de laboratorios. Después de esto, toda célula entra en la fase de senescencia y muere. Este experimento llevado a cabo en el instituto Wistar de Filadelfia refutó la idea del premio Nobel Alexis Carrel de que toda célula era inmortal.
En 1970 el ruso Alexei Olovnikov reconoció por primera vez que los cromosomas no pueden replicarse completamente sin perder parte de sus terminales cada vez que lo hacen.
Finalmente, la doctora Elizabeth Blackburn junto con Carol Greider y Jack Szostak reciben el premio Nobel de Medicina en el 2009 por su descubrimiento de cómo los cromosomas son protegidos por las telomerasas y sus enzimas.
Todo organismo eucariótico contienen en sus genes celulares estructuras bioquímicas llamadas cromosomas que a su vez están en parte compuestas por secuencias repetitivas de nucleótidos (moléculas biológicas formadas de nitrógeno, fósforo y azúcar que forman los ácidos nucleicos DNA y RNA). En sus partes terminales, colocadas estratégicamente, están las telomerasas que son nucleótidos formando estructuras tridimensionales que se encargan de que cada célula tenga un límite de vida. Son pues las telomerasas las que tienen la función de provocar un fenómeno conocido en la ciencia como apoptosis o muerte celular. De esta manera se controla la reproducción desmedida de una célula y se crea un equilibrio en todo organismo esencial para su desarrollo normal. Nacer, crecer y morir.
La inmortalidad que tanto seres humanos buscan, encuentra sus secretos en este fenómeno que apenas se comienza a dilucidar como la punta de un iceberg con las teorías de la doctora Blackburn.
Lo curioso de este fenómeno científico que podría prolongar la vida de todo ser humano si se llegara a controlar, es que también es un fenómeno protector de nuestra existencia. El control que muy sabiamente ejercen las telomerasas en nuestros genes del excesivo crecimiento de una célula, evita su reproducción desmedida, enfermedad que llamamos cáncer y que eventualmente causará la muerte de todo ser viviente. En dos palabras matar células —provocar apoptosis— nos protege de morir pues si las células se inmortalizaran se convertirían en un tumor maligno que de todas formas nos mataría.
Es así como la ciencia pura toca la metafísica y se combina en un revoltijo donde la muerte se vuelve vida y la vida se vuelve muerte.
Controlar este fenómeno es la clave para muchos tratamientos contra el cáncer y muchas otras enfermedades complicadas y hasta simples como el catarro común. Esta lucha no es más que un acto biológico y quizás desesperado para lograr la inmortalidad provocando y estimulando la mortalidad.
Curiosidades de nuestra existencia: morir para vivir y no poder vivir sin morirse. En este apotegma no trato de enseñar lecciones de palingenesia o metempsicosis pues no hablo del alma sino del cuerpo de carne y hueso con sus átomos de carbono, nitrógeno, fósforo, oxígeno e hidrógeno que se reciclan continuamente en nuestra naturaleza pasando de nuestro propio cuerpo a otros cuerpos, plantas, animales o piedras aparentemente insensibles en periodos de tiempos milenarios o quizás de millones de años.
Es la moda, moda que siempre ha existido. La búsqueda de la inmortalidad que ahora se disimula y se refleja directa o indirectamente en muchas y recientes obras de literatura sin hablar de egipcios y griegos, como quiso hacerlo de manera magistral el checo Milán Kundera con su exitosa novela La inmortalidad .
Tienen la palabra los filósofos. Mala costumbre esta de tirar lo que es inexplicable a la filosofía, pues los científicos puros, si es que los hay, han vuelto a entrar de nuevo en ese torbellino tan viejo como la Biblia y los cuentos de Bagdad donde el comienzo empieza al final y el final no es más que un comienzo. El autor es Médico y Cirujano.
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