El hombre de talento vive aún después de muerto, decía el dramaturgo Publio Siro. Quizá por eso no dejamos de recordar a Orlando Vásquez, quien deportivamente parecía haberse acabado.
Vásquez trascendió con una fenomenal carrera como pesista, que lo llevó a ser considerado el mejor atleta aficionado de la historia. Sus medallas panamericanas resultaron contundentes.
No obstante, fue atrapado por el alcohol y las drogas y durante once años no pudo zafársele a ese flagelo que sigue cobrando víctimas en todos los niveles.
Sin embargo, como prueba de la grandeza del espíritu humano, Vásquez se salió del purgatorio y ha vuelto a la luz para deslumbrarnos con dos medallas de plata en los Juegos de San José 2013.
Pero ver este hecho como un logro estrictamente deportivo sería injusto, si se considera las luchas que Vásquez ha debido librar para regresar a un escenario y con una pesa entre sus manos.
Su mayor triunfo es haberse superado a sí mismo. Es haberse parado en la brecha y disponerse a luchar a pesar de sus debilidades. Y hoy que vuelve, no nos queda sino admirar lo que hace.
Pero esto me produce un cruce de emociones. Me alegra por Orlando. No por sus medallas, sino por él. Se ha vencido a él mismo. Pero me entristece la incapacidad del deporte nica para renovarse.
En 11 años no se produjo no un Vásquez. Eso es imposible. Sino un pesista que gane medallas aquí en el área de Centroamérica y más allá.
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