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La Tierra indefensa

Después de que el 8 de febrero un meteorito impactara en la ciudad rusa Cheliábinsk, en la región de los Urales, que produjo una explosión de 500 kilotones (treinta veces la potencia de la bomba atómica arrojada en 1945 sobre la ciudad japonesa de Nagasaki) y dejó al menos 1,100 personas heridas y treinta millones de dólares en daños materiales, surgió la duda sobre si el mundo está seguro ante estas eventualidades.

AGENCIAS

Después de que el 8 de febrero un meteorito impactara en la ciudad rusa Cheliábinsk, en la región de los Urales, que produjo una explosión de 500 kilotones (treinta veces la potencia de la bomba atómica arrojada en 1945 sobre la ciudad japonesa de Nagasaki) y dejó al menos 1,100 personas heridas y treinta millones de dólares en daños materiales, surgió la duda sobre si el mundo está seguro ante estas eventualidades.

La agencia espacial de Estados Unidos (NASA, por sus siglas en inglés), y las universidades y grupos privados de este país, están movilizados para desarrollar sistemas de alerta capaces de localizar con el mayor avance posible pequeños asteroides potencialmente devastadores como el caído en Rusia.

Sin embargo, la NASA informó que un fenómeno de este tipo sigue siendo raro y que “solo se produce de media una vez cada 100 años”, según Paul Chodas, uno de los responsables del programa de la NASA para la detección de objetos celestes próximos a la Tierra (Near-Earth Object Program Office, NEOO, por sus siglas en inglés).

Según la NASA, el meteorito que cayó en Rusia medía 17 metros de diámetro y tenía una masa de diez toneladas antes de su entrada en la atmósfera. Lindsey Johnson, director del mismo proyecto de la NASA, expresó el miércoles que “no hay ningún objeto de más tamaño de un kilómetro que pueda impactar en la Tierra en los próximos cientos de años”.

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Pequeños fragmentos de residuos espaciales —a menudo partes de cometas o asteroides— que están en curso de colisión con la Tierra son llamados meteoroides.

Se convierten en meteoros cuando ingresan en la atmósfera terrestre. La mayoría de los meteoros se incendian en la atmósfera, pero si sobreviven al calor por la fricción y golpean la superficie de la Tierra se les llama meteoritos.

Los meteoros ordinariamente causan explosiones cuando entran en la atmósfera porque viajan a una velocidad superior a la del sonido. Sin embargo, es extraordinariamente excepcional que haya tantos heridos como la cantidad informada el 8 de febrero.

El meteoro se presentó menos de un día antes de que el asteroide 2012 DA14 efectúe el acercamiento más próximo de un asteroide a la Tierra del que se tenga noticia, a unos 28,000 kilómetros (17,150 millas). La Agencia Espacial Europea dijo en un mensaje por Twitter que sus expertos determinaron que ambos fenómenos son ajenos el uno del otro.

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Johnson aseguró que la colisión con un asteroide de al menos un kilómetro de diámetro se produce una vez cada millón de años, pero que, de producirse, tendría “consecuencias globales”, como levantar una capa de polvo que bloquearía la llegada de la luz solar “por días o meses”.

Por su parte, Sergey Saveliev, vicepresidente de la Agencia Espacial Federal Rusa, y José Raimundo Braga, presidente de la Agencia Espacial Brasileña aseguraron el martes que la humanidad no cuenta con tecnología eficiente para prever el impacto de meteoritos como el que causó estragos en Rusia. “Una vez más voy a decirlo: no tenemos tecnología eficiente para —prever— meteoritos o fenómenos similares”, afirmó Saveliev en un acto en Brasilia.

El mismo viernes que cayó el meteorito, una expedición organizada por la UFU halló en las proximidades de un cráter en el lago helado de Cheliábinsk 53 pequeños fragmentos, de entre 2 y 7 milímetros.

A partir de ese escaso material los científicos establecieron que se trataba de un meteorito rocoso de la clase de las condritas ordinarias, con un contenido de hierro de cerca del diez por ciento, como la mayoría de los que caen sobre la Tierra.

Nuevos fragmentos fueron hallados en una zona alejada del lago de Chebarkul, lo que, según Grojovski, demuestra que se produjo una “lluvia rocosa meteorítica” como consecuencia de la fragmentación del cuerpo celeste en la atmósfera.

NASA SOBRE LOS ASTEROIDES

Johnson ha asegurado que NEOO “se concentra desde estos últimos años en la detección de pequeños asteroides y se alcanzaron varios progresos”. Según él, “hace diez años no hubiéramos podido detectar el 2012 DA14”, el asteroide de 45 metros de diámetro que “rozó” la Tierra el mismo viernes que chocó el meteorito, y que hubiera sido capaz de destruir una gran ciudad de haber impactado sobre el planeta.

Johnson recordó que estos objetos son numerosos en el vecindario de nuestro planeta —alrededor de 500,000— mientras que resultan difíciles de seguir debido a su pequeño tamaño.

De acuerdo con un objetivo fijado por el Congreso estadounidense en 1998, la NASA ha descubierto y clasificado alrededor del 95 por ciento de los asteroides de más de un kilómetro de diámetro que están en las proximidades de la órbita de la Tierra alrededor del Sol, capaces de destrucciones apocalípticas.

El meteorito que cayó sobre Rusia no se vio con anticipación porque apareció por la cara diurna de la Tierra, según el experto.

Para el mexicano Sergio Camacho, director del Equipo de Acción de la ONU sobre objetos cercanos a la Tierra, en casos como el del meteorito de Rusia se podrían haber evitado numerosos heridos con sencillos consejos.

Johnson coincidió con Camacho y subrayó que hay que avanzar en ciertos conocimientos básicos sobre este tipo de sucesos. “Al igual que la gente sabe que cuando la marea retrocede —antes de un tsunami— no es un buen momento para darse un baño, se debe de saber que si ves un destello brillante en el cielo, es mejor no acercarse a la ventana porque si revienta el cristal te puede herir”, resumió. Johnson y Camacho participaron esta semana en Viena en la Subcomisión científica de la Oficina de la ONU para el Espacio Exterior.

Detlef Koschny, responsable del programa de objetos cercanos a la Tierra en la Agencia Espacial Europea (ESA), calculó el miércoles que hoy una misión espacial para tratar de alterar el rumbo de colisión de un asteroide con la Tierra podría costar unos 200 o 300 millones de euros.

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