José María Zonta
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Como Francisco.
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En La traición de los sueños Francisco de Asís Fernández hay dos libros. El que el lector puede tomar en sus manos, y el que dejó de escribir para seguir escribiendo en la traición. Ambos pesan, miden y huelen igual, y ambos están aquí, uno en la superficie de papel, otro sumergido. Ese es el secreto de los grandes libros: tienen otro debajo que los sostiene y los completa, que les sopla cuando no saben la respuesta y que les cubren la herida. El otro, el no escrito, es la sombra de este. Por eso en La traición de los sueños la palabra muerte puede significar vida, la palabra edad puede significar agua y la palabra mujer puede significar sed. Es un libro con doble personalidad, algo muy difícil de lograr. Tan difícil que si uno se lo propone no lo consigue, sale como la consecuencia natural de ser un poeta de verdad, un poeta que corre el riesgo de fajarse con la Poesía en un ring, y a veces se tambalea, a veces sangra y otras cae, pero siempre se levanta antes de la cuenta de nueve y sigue peleando.
En La traición de los sueños no todo es lo que parece, pero es un libro sincero, brutalmente honesto. Cada poema tiene una gota lúcida, rebelde, que provoca la inundación y el libro se llena de oleajes, peces amarillos, naufragios y faros. Este libro es un bote salvavidas para la poesía, para Francisco y para todos los que no sabemos nadar. Este es un libro donde la vida derrota a la muerte. Este libro es una fogata y para leerlo conviene servirse un trago y dejarse hechizar por sus chisporroteos.
La música de fondo de este libro es el jazz, pero hay poemas que montan su tienda de campaña a la intemperie y suenan a tango, a blues, a bolero y a trova. Suena una música de fondo tras cada poema, porque en el libro que Francisco no escribió para poder escribir este hay una orquesta que no cesa, que evita que el silencio predomine.
En este libro la palabra muerte aparece treinta y siete veces, y treinta y siete veces Francisco se levanta y anda, resucita como Lázaro. Este libro es una resurrección, es un mover la piedra que tapa la tumba y salir. Francisco sabe muy bien qué es esa carajada de resucitar.
La palabra ángel figura cuarenta y tres veces, y cuarenta y tres veces el poeta contempla la conversión de un ángel en humano, que renuncia al cielo para vagar por la tierra, por amor. Este libro era un ángel antes de ser libro, ahora es un trozo de papel humano, por eso es capaz de llorar y reír con la misma sinceridad.
Ese libro era un horizonte antes de ser libro, por eso sus celajes, sus nubes anaranjadas. Este libro era un condenado a muerte antes de ser libro, por eso sus pataleos en el patíbulo negándose a morir. Este libro era un ermitaño antes de ser libro, de ahí su sabiduría, su propensión a meditar la palabra que cerrará el poema. Este libro era una columna de hormigas llevando hojitas antes de ser libro, de ahí su marcha, su empeño, su voluntad.
Este libro era una bola de cristal antes de ser libro, de ahí su vocación de futuro, su don profético, su hermandad con el oráculo de Delfos. Este libro era un hombre enamorado antes de ser libro, de ahí su pasión, sus estremecimientos, su energía. Este libro era el único tiburón plateado en el mar antes de ser libro, de ahí su brillo que enceguece a los desprevenidos. Francisco es un sumerio inventor de la poesía cuneiforme en Nicaragua. Es un poeta que navega en la Mesopotamia de Granada en una barca de bambú, a veces sostiene el timón, a veces rema, y otras se deja llevar por la corriente de las palabras. La memoria de la Poesía es selectiva y se acordará de este libro cuando ya ninguno de nosotros estemos aquí.
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