Un buen día para morir

Todo lo que usted recuerda con cariño de la serie “Die Hard” se ha muerto en su quinta entrega, titulada Un Buen Día para Morir . Las aventuras de John McClane, siempre interpretado por Bruce Willis, se han convertido en otra genérica película de acción, indistinta del montón que inunda los canales de cable y las resmas de discos quemados de los piratas. Los pocos elementos reconocibles —el nombre del personaje, por ejemplo— solo sirven para crear disonancia. ¡Este no es el John McClane que caminó sobre vidrio molido en aquel rascacielos secuestrado por terroristas en los 80! ¿O sí lo es?

Todo lo que usted recuerda con cariño de la serie “Die Hard” se ha muerto en su quinta entrega, titulada Un Buen Día para Morir . Las aventuras de John McClane, siempre interpretado por Bruce Willis, se han convertido en otra genérica película de acción, indistinta del montón que inunda los canales de cable y las resmas de discos quemados de los piratas. Los pocos elementos reconocibles —el nombre del personaje, por ejemplo— solo sirven para crear disonancia. ¡Este no es el John McClane que caminó sobre vidrio molido en aquel rascacielos secuestrado por terroristas en los 80! ¿O sí lo es?

McClane fue un héroe renuente, motivado a la acción por salvar a miembros de su familia, inconvenientemente puestos en peligro. Actuaba motivado por la obligación, y un inoportuno sentido de decencia. De cierta manera, esta película cumple la fórmula: Jack (Jai Courtney), el hijo con quien tiene una relación conflictiva, ha sido arrestado en Rusia tras perpetrar un intento de asesinato. John llega justo a tiempo para arruinar los planes de Jack. Su aprisionamiento era parte de una elaborada trama para rescatar a Komarov (Sebastian Koch), un millonario perseguido por el régimen —o al menos, por un burócrata indistintivo—. En medio del derby de demolición que desatan en las calles de Moscú, padre e hijo se convierten en aliados. Es reconciliación bajo fuego.

Como premisa esto es aceptable. El problema está en la ejecución. La película echa al traste el principal atractivo del personaje. La gracia de McClane es que era un policía común enfrentando situaciones extraordinarias. Siempre en desventaja, tenía que recurrir a su ingenio para sobrevivir y, finalmente, prevalecer sobre enemigos más numerosos y mejor armados. No por casualidad en la primera parte terminaba descalzo, sin camisa y vapuleado. Incluso en Live Free and Die Hard (Len Wiseman, 2007), la vilipendiada cuarta parte se recurría a esta cualidad. “Mataste a un helicóptero… con un carro”, decía un aliado asombrado ante un giro inesperado de acontecimientos.

Ahora no hay asombro ni sorpresa. McClane es virtualmente invencible. Armas automáticas de alto calibre parecen caer del cielo cada vez que las necesita. El director John Moore filma con indiferencia y supervisa una edición que no da respiro. Nunca vemos al personaje pensando en cómo salir de los predicamentos que se le presentan. Como si todo estuviera decidido de antemano —y lo está— los actores hacen sus piruetas, caen en sus marcas, y nadie se preocupa por infundir algo de credibilidad en el asunto. Willis puede ser un gran ironista de la acción, pero aquí, su actitud se pudre en cinismo. Sabe que el guión es una basura, y ni siquiera intenta hacer que el material funcione. Se proyecta como superior al trabajo. Las escenas “emotivas” son puro relleno y él apenas puede reprimir la sonrisa.

A juzgar por la actitud de la audiencia, buena parte del público está satisfecho con esto. Yo solo puedo lamentar que los creadores de la serie no la hubieran abandonado cuando aún no tocaba el fondo del barril creativo. Por unos dólares más, usted puede ver escenas de destrucción monumental que dejan a un lado la física y la lógica. La película deja bajo los escombros, la posibilidad de explorar cómo los lazos familiares protegen o estrangulan —además de la hostilidad entre los McClane, Komarov arrastra consigo a su hija, Irina (Yuliya Snigir)—. Lo único bueno que puedo decir de esta película es que tiene el buen sentido de ser breve. Es una hora y 34 minutos de pura indiferencia.

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