Por Eduardo Cruz
El hombre se queda pensando, viendo hacia el cielo, como tratando de recordar algo y luego dice: “¿Que por qué vivo aquí? Ideay, la misma pobreza. Mire, yo tengo 40 años de ser pescador y siempre he pescado en esta zona, entonces me vine a vivir aquí”.
José Wilfredo Pérez Cruz, de 62 años de edad, tiene su casa, su “ramada” le llama él, en el Lago de Managua. Sí, no está leyendo mal, exactamente sobre las aguas del Lago Xolotlán, cerca de la costa de San Benito, Tipitapa. Las únicas personas que lo visitan son otros pescadores como él, y a veces unos norteamericanos que llegan al lugar para practicar tiro con patos y otros tipos de aves.
¿Y por qué no hizo su casa en tierra firme?, se le pregunta. “Es que los hacendados no les gusta que uno esté a orilla de la tierra”, responde Pérez Cruz, a quien todos los pescadores conocen como “Ñoco”.
Viendo desde la costa del lago que está por San Benito, la casa de “Ñoco” se ve como un pequeño punto dentro del inmenso cuerpo de agua. La vivienda está construida con tres tipos de madera: mangle, guácimo y tigüilote.
Lo primero que Pérez Cruz hizo fue clavar en el fondo del lago unas varas largas de mangle que hacen las veces de pilares de la casa. Luego fue amarrando a esos pilares una gran cantidad de varas de forma horizontal para hacer el piso de la vivienda. El techo y las paredes los hizo con plástico.
Como entre las varas del piso quedaron unas rendijas, Pérez Cruz debe tener cuidado de que no se le caigan las cosas entre el agua. Lo más preciado que ha perdido de esa manera es su pequeño radio transistor con el que escuchaba noticias. En el lugar, como es obvio, no existe la energía eléctrica y tampoco puede tener una televisión.
“Cada vez que se acerca el invierno yo cambio el plástico del techo para que no se me pase el agua”, dice el hombre, quien además construyó su casa con un metro y medio de altura sobre el nivel del lago, para que cuando el agua esté embravecida tampoco se le meta por debajo a la vivienda. “Esta casa es fuerte, aguanta como a 10 personas”, dice el pescador ermitaño.
En las riberas del lago crece una hierba que se conoce como tule, y de esa planta Pérez Cruz hizo los colchones en los que duermen él y sus dos hijos: Naval Martínez Pérez, de 13 años y Pedro, de 9.
“Aquí nosotros nos acostamos a las 6:00 de la tarde todos los días. Como a esa hora ya se empieza a poner oscuro, ya no hay nada que hacer. Nos acostamos y nos ponemos a platicar. Platicamos de nuestra pobreza. Y nos levantamos a las 6.00 de la mañana que ya está claro”, dice el pescador.
Naval, quien aparenta ser de pocas palabras, hace las funciones de cocinero. Mientras su padre explica cómo viven en ese inhóspito lugar, él está friendo tres pescados de tamaño regular. Y también está calentando café en una jarra toda “chopeada”. El arroz ya lo tiene cocinado.
“Nos divertimos
en el agua”
Naval y Pedro están con su padre para ayudarle a trabajar. Ninguno de los dos sabe leer y escribir. El padre tampoco. “Yo nunca fui a la escuela”, dice Pérez Cruz.
Sus hijos sí estudiaron pero solo primer grado de primaria. “Los tuve que sacar porque solo problemas me daban, siempre me estaban poniendo quejas de ellos, de que peleaban. Me los traje conmigo mejor”, dice el padre.
Además de cocinar, Naval y Pedro son los encargados de “jincar”, algo así como andar “arreando” el pescado para que se reúna en un solo lugar y así la pesca sea más productiva cuando se tire la red al agua.
“Aquí es como si estamos en la casa”, dice Naval, quien cuando no está trabajando busca como divertirse en el agua. “Cuando quiero jugar me meto al agua, aquí juego de todo, menos futbol”, dice con una sonrisa tímida en el rostro. “Me gustaría vivir en tierra (firme), pero nos venimos aquí con mi papá por los reales”, agrega Naval.
Pedro es más risueño pero igual de pocas palabras que su hermano. “Lo único que se puede hacer aquí es pescar. Cuando estoy aburrido me meto al agua”, dice el niño.
Tanto Naval como Pedro lucen cuerpos bien nutridos. Pero cuando uno de ellos muestra el menor síntoma de enfermedad, Pérez Cruz está atento y se los lleva inmediatamente a San Benito en busca de atención médica. Si es él el enfermo se deja ir inmediatamente donde el médico. No pueden es perar a que ninguno de ellos se agrave dentro del lago porque podría ser mortal.
El agua, por ejemplo, la llevan en dos bidones desde tierra firme hasta la ramada. Amigos pescadores se encargan a veces de llevarles el agua y también alimentos.
Pérez Cruz asegura que el agua en esa parte del lago no está contaminada y no hay problema en sumergirse en ella. “Hace poco anduvieron las autoridades (un equipo del Minsa y de Enacal) y dijeron que el agua estaba buena. Allí el agua no se ve sucia pero se trata del mismo cuerpo de agua que se observa en el Malecón de Managua.
“Me crié en el monte”
La familia de Pérez Cruz la completan su esposa Damaris Martínez, de 35 años de edad y su hija Jahaira, de 16. “No me gusta que ellas vengan hasta acá (la casa en el lago)”, dice el pescador. Cuando se le consulta cuál es el apellido de su esposa, tiene que preguntárselo a sus hijos. “Como yo no le pregunto eso (a su esposa)”, se excusa.
Cada ocho días, el pescador sale de su casa en el lago y va a visitar a su esposa y a su hija, y también para aprovisionarse de alimentos ya que en el lago “no hay pulperías”. “Yo tengo mi ropita buena, pero aquí en el lago no la necesito, solo ando con mi ropa de trabajo, dice Pérez Cruz, quien nació en Tisma.
Pérez Cruz confiesa que al menos cada 15 días se toma unas cuantas cervezas, aunque asegura que no se excede.
Aunque es pescador desde hace 40 años, Pérez Cruz no siempre ha vivido de ese oficio. “Yo me crié en el monte, criando ganado. Después fue que me hice pescador porque mi papá, Félix Pedro Raudez, él era pescador”, dice el hombre que por su analfabetismo firma los documentos con su huella digital.
De su vida ya no espera nada. Pérez Cruz dice que se va a quedar en el lago hasta que le llegue el último suspiro de aliento. “Ya yo estoy aquí solo esperando que me llegue el día”, dice.
Sus hijos, que escuchan la conversación sin prestar mucha atención, piensan diferente. “A mí me gustaría vivir en tierra firme”, expresa Naval. “A mí también, pero… ¿Qué le vamos a hacer?”, dice su padre.
El oficio de pescador no es tan fácil como muchos pueden pensar, explica Pérez Cruz. “Hay que pasar muchos riesgos, pasamos muchas calamidades y al final el pescador es el que gana menos”, explica.
Un pescado de regular tamaño lo vende al comerciante en 10 córdobas y este último lo vende al consumidor final en 30 o 50 córdobas. “Si yo salgo a venderlo a la calle, lo vendo también en 10 córdobas, no puedo venderlo más caro”, señala.
En una quincena a Pérez Cruz le quedan de ganancia como mil córdobas. Lo que más sacan del lago son guapotes, tilapias y un pescado que se conoce como gaspar.
Alejados del mundo
Para llegar hasta la “ramada” de Pérez Cruz hay que remar casi como una hora desde la costa del lago que está por San Benito. Y se tiene mejor fortuna si la panga en que se viaja lleva motor porque se llega en poco más de 10 minutos.
En su casa en el lago, Pérez Cruz y sus hijos viven alejados del mundo. Ellos dicen que no hay peligros en ese lugar, solo los lagartos que merodean la zona pero que son ariscos y cuando escuchan ruido huyen sin atacar a los humanos. Agregan que nunca se han dado cuenta de que un lagarto haya atacado a alguna persona.
Lo único que el pescador y sus hijos temen es que ocurran tormentas o algún huracán. “Nos preocuparía si hay algún temblor o una llena (que el nivel del lago suba y los sumerja). Pero aquí no hay peligros, no vienen ni los malos cristianos”, dice Pérez Cruz.
De hecho, el pescador se instaló a vivir en el lago poco después de que ocurrió el huracán Mitch, en 1998. Primero hizo una casa en tierra firme, pero luego se vio obligado a construirla en el mero lago, donde no tiene problemas de propiedad. Allí nadie lo llega a desalojar. Al principio tenía una ramada como a 100 metros de tierra firme, pero como el lago se ha ido secando, entonces, desde hace cuatro meses su casa está como a 300 metros de la tierra firme.
En la vivienda no hay muchos enseres. Están las pailas en las que cocinan el arroz, el pescado y los frijoles. Una jarra donde hacen el café y una hielera atestada de hielo donde almacenan el pescado que van sacando del lago y que casi a diario un hermano de Pérez Cruz llega a traer para ir a venderlo en la ciudad. El único aparato que tienen y que necesita energía, pero de batería, es una lámpara de mano con la que se alumbran en las heladas noches que pasan en el lago.
La casa está cerca de una hacienda que se llama San Antonio, en un estero del mismo nombre. Allí no tiene vecinos. Hay otro pescador que tiene una casa en el lago, de nombre José Guzmán, pero él no vive ahí como Pérez Cruz, sino que utiliza la vivienda solo como estación o parada cuando anda de pesca.
En ese lugar no hay autoridades que hagan valer la ley, pero tampoco es muy necesario dice Pérez Cruz, ya que solo hay pescadores trabajando, todos se conocen y son amigos. “Algunos pescadores pasan por aquí cocinando pescado o para tomar café o descansar”, agrega.
De la política o de lo que ocurre en el país y el mundo, Pérez Cruz y sus hijos no se dan cuenta de nada. Tampoco les interesa mucho. “Aquí no vienen las autoridades, no le ayudan en nada a uno. El presidente no piensa en los pobres”, se queja el pescador. Se queda pensando y luego dice: “Me gustaría vivir en la tierra firme, pero aquí vivimos bien sí”.






