Por Amalia del Cid
Lo cierto es que nunca quiso ser papa. Hasta 1294, su vida había sido la de un monje ermitaño que mal comía y mal dormía en una cueva situada en algún punto de las montañas de Abruzzo, Italia. Era el medievo y la Iglesia católica pasaba por tiempos turbulentos. Tras dos años y tres meses de sede vacante, los cardenales no se ponían de acuerdo para elegir al nuevo Sumo Pontífice; hasta que un día de julio alguno de ellos se acordó de Pietro da Morrone y su fama de santo.
Fue así como, en el otoño de sus 79 años, el monje recibió la noticia de que había sido seleccionado para ser papa. Obligado por las circunstancias, eligió el nombre de Celestino V y asumió el cargo. Pero su papado duró solo cinco meses. Pietro decidió volver a su cueva, a sus oraciones y sus penitencias, y sembró un precedente que 719 años después sería imitado por Benedicto XVI, el papa número 265 de la historia de la Iglesia católica.
En aquel tiempo, la decisión de Celestino V no fue bien vista. El poeta Dante Alighieri, contemporáneo suyo, incluso lo colocó en el infierno de su Divina Comedia . “Y venía detrás tan larga fila de gente, que creído nunca hubiera que hubiese a tantos la muerte deshecho. Y tras haber reconocido a alguno, vi y conocí la sombra del que hizo por cobardía aquella gran renuncia”.
“El papa de la gran renuncia”, “El papa del gran rechazo”, así se le conoce. Y su historia ha dado que hablar desde mucho, mucho antes de que el alemán Joseph Ratzinger tomara el nombre de Benedicto XVI.
Celestino V aparece también en El nombre de la rosa , de Umberto Eco; pero la visión del escritor italiano es mucho más piadosa que la de Dante. El libro dice: “Por aquellos años ascendió al solio pontificio un eremita santísimo, Pietro da Morrone, quien reinó con el nombre de Celestino V, y los espirituales lo recibieron con gran alivio: “Aparecerá un santo”, se había dicho, y “observará las enseñanzas de Cristo; su vida será angélica, temblad, prelados corruptos”. Quizá la vida de Celestino fuese demasiado angélica o demasiado corruptos los prelados que lo rodeaban o demasiado larga para la guerra con el emperador y los otros reyes de Europa. El hecho es que Celestino renunció a su dignidad papal y se retiró para vivir como ermitaño”.
Por orden de Bonifacio VIII, su sucesor, Celestino V fue custodiado hasta el día de su muerte, pues el nuevo papa temía que ocurriera un cisma; pese a que, al renunciar, Pietro da Morrone fue muy claro. Citó “razones legítimas de humildad” y “la debilidad” de su cuerpo. Y confesó que ansiaba regresar a los “los consuelos” de su vida pasada y “la tranquilidad perdida”.
Nunca, ni antes ni en los siguientes 718 años se dio una renuncia papal parecida. Hubo abdicaciones, pero por obligación o presión, explica Edgar Zúniga, sacerdote e historiador nicaragüense. Es hasta hoy que el mundo asiste a un caso similar, el de Joseph Ratzinger, quien voluntariamente dejará el poder para retirarse a una vida de contemplación en un monasterio.
En estos días previos al cónclave que, a partir de mediados de marzo, elegirá al nuevo pontífice, vuelve con fuerza la figura de Juan Pablo II, “un papa irrepetible”, según Eduardo Gutiérrez Sáenz de Buruaga, embajador de España en el Vaticano. Algunos recuerdan a Juan Pablo II como el “anti-Ratzinger”, un papa viajero, deportista y carismático frente al actual pontífice, rutinario, erudito e intelectual.
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Las posiciones

Como Celestino V, Benedicto XVI ha sido criticado. Stanislaw Dziwisz, cardenal arzobispo de Cracovia y secretario de Juan Pablo II, dijo: “De la cruz no se baja”, al ser consultado acerca de la dimisión del papa.
Sin embargo, en muchos diarios del mundo se ha comparado la “humildad” del hasta ahora máximo líder de los católicos con la “soberbia” de gobernantes que se aferran al poder. Y su decisión ya se esgrime como un ejemplo para el venezolano Hugo Chávez, quien, a pesar de sufrir un agresivo cáncer y estar hospitalizado en Cuba desde hace dos meses, continúa a cargo de la presidencia de su país.
En su carta de dimisión, fechada el 10 de febrero de 2013, el papa, de 85 años, expresa: “He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. (…) Renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de San Pedro”.
“Hoy el papa se ha subido a una cruz más alta, la del papa renunciado”, considera Zúniga. Y agrega: “El santo papa ha hecho lo que es correcto. Él siente que hay personas que pueden hacerlo mejor (el trabajo), más jóvenes, más fuertes, aunque tal vez no tan sabios como él”.

Sobre el papa
El papa Joseph Ratzinger nació en Alemania el 16 de abril de 1927. A los 16 años fue llamado, debido a la afiliación que exigía el régimen nazi, a las filas de las Juventudes Hitlerianas. Desertó en los últimos días de la guerra, pero fue aprisionado por soldados aliados en 1945.
Es un excelente pianista, habla diez idiomas, tiene ocho doctorados honoris causa y pertenece a varias academias científicas de Europa. Su personalidad es totalmente opuesta a la de su predecesor Juan Pablo II, quien fue dramaturgo y tenía una capacidad extraordinaria para comunicarse con la gente, señala monseñor Silvio Fonseca, vicario de Familia de la Arquidiócesis de Managua.
Ratzinger, en cambio, tiene un estilo más monástico, menos viajero. Es un hombre de ciencia. “Y no toma de sorpresa que se retire a una vida contemplativa”, dice Fonseca.
Para el sacerdote, por su edad Benedicto XVI fue “un papa de transición” entre Juan Pablo II y su sucesor. Se encargó de que no hubiera un corte en el pensamiento de Juan Pablo II y dejó preparado el camino para el nuevo papa, de quien se espera sea joven, para que pueda afrontar los temas que la Iglesia tiene pendientes.
El Sumo Pontífice que sea elegido en el siguiente cónclave de la Iglesia católica deberá vérselas con el secularismo, la debacle de la familia, la nueva generación que va creciendo con indiferencia y los nuevos experimentos de modelos sociopolíticos, apunta Fonseca. Por su parte Zúniga añade la transgresión del celibato, la necesaria beligerancia de la Conferencia Episcopal y las medidas contra la pederastia.

¿Inspiración medieval?
Un domingo de julio del 2010, Benedicto XVI ofició en Sulmona, Italia, una misa con ocasión del natalicio número 800 de Pietro da Morrone, Celestino V.
“San Celestino V fue capaz de actuar según su conciencia en obediencia a Dios, por lo tanto sin temor y con gran valentía incluso en momentos difíciles (…) sin temor a perder su dignidad, sino sabiendo que eso consiste en existir en la verdad”, declaró.
Tres semanas después, en su casa de verano, conversó con Peter Seewald. Y, como aparece en el libro de Seewald, Luz del mundo , cuando el periodista le preguntó si alguna vez había pensado dimitir en caso de situaciones difíciles, Benedicto XVI respondió:
“Cuando el peligro es grande uno no debe huir. Ahora ciertamente no es el momento de renunciar (…) Uno puede renunciar en un momento pacífico, o cuando uno simplemente no puede seguir. Si un papa claramente ve que ya no es capaz física, psicológica y espiritualmente de manejar los deberes de su función, entonces tiene el derecho y, bajo algunas circunstancias, también la obligación de renunciar”.
Celestino V fue canonizado en 1313 por el papa Clemente V. Hay quienes creen que Joseph Ratzinger también lo será algún día. Por ahora, el Vaticano está en los radares del mundo y lo que pasa detrás de sus muros se presta a todo tipo de suposiciones. El sacerdote e historiador Edgar Zúniga sabe lo que se aproxima. Y dice que, si se va a hacer una novela, “que sea de Umberto Eco”.
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