Hansel y Gretel

Atención padres de familia. Sepan que a pesar del título

Por JuanCarlosAmpié

2 padres de familia. Sepan que a pesar del título Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas , no es una película para niños. De hecho, tampoco es una película para adultos. No es, en realidad, una película para seres humanos. El prólogo presenta la versión más o menos conocida de la historia: un leñador abandona en el bosque a sus dos hijos. El niño y la niña encuentran refugio en una misteriosa casa de caramelo, habitada por una bruja que los secuestra con intenciones antropófagas. Las astutas criaturas logran engañar a la hechicera y la cocinan en el horno destinado para ellos.

Todo los elementos audiovisuales se sienten exaltados, desde el sonido hasta los movimientos de cámara. El preámbulo marca la pauta estilística de la película del director noruego Tommy Wirkola, pero no puede prepararnos para el nivel de misantropía. La próxima vez que vemos a los pequeños sobrevivientes, estos se han convertido en adultos encarnados por Jeremy Renner y Gemma Arterton. Se dedican a cazar brujas como pistoleros a sueldo. Su nuevo contrato está en un pequeño pueblo donde múltiples desapariciones de niños apuntan a la bruja Muriel (Famke Janssen), poderosa hechicera que espera aprovechar un inminente eclipse lunar para potenciar los poderes de su estirpe y poner en jaque a la humanidad.

La tendencia a modernizar cuentos de hadas para el público juvenil contemporáneo se apoya en la apropiación de las convenciones del cine de acción moderno. Pero a diferencia de Blanca Nieves y el Cazador , Hansel y Gretel no se toma muy en serio. Blande como arma el anacronismo multicultural que funde motivos cinematográficos: las peleas están informadas por las artes marciales asiáticas, los héroes portan armas de fuego que acelerarían el pulso de la NRA, y la actitud de los personajes ante todo lo que sucede es puro distanciamiento irónico.

Nada de eso es necesariamente malo. Si algo hemos aprendido de Quentin Tarantino, es que la cultura popular de todos los tiempos es un campo de juego válido para los artistas. No existen fronteras, y nada tiene fecha de expiración. Sin embargo, Wirkola no es Tarantino. La película proyecta la cualidad genérica del producto manufacturado por encargo, con mínima inspiración. Su desdén por la audiencia se manifiesta en errores de continuidad, y secuencias de acción editadas con franca indiferencia. No tiene otra agenda que no sea retar los límites del mal gusto.

Los cuentos originales de los hermanos Grimm estaban preñados de violencia. Es fácil olvidar eso, pues lo que más conocemos son adaptaciones simplificadas y almibaradas para no perturbar mucho a los niños y padres modernos. Pero la violencia que reina en esta lamentable película de acción es puro siglo XXI. Se invoca por valor de shock. Como los efectos de sonidos estridentes, son un recurso más para tratar de convencer al público adolescente de alzar la vista de su teléfono y tomar nota de lo que pasa en la pantalla, aunque sea por un segundo.

Así, nos muestran con lujo de detalles decapitaciones, descuartizamientos, impalaciones y el particular destripamiento de un cráneo —ejecutado por un personaje “bueno” contra un “malo”—. Cada una de estas acciones son ejecutadas guiñándole un ojo al público: “Miren qué asco, todo lo que podemos hacer”. El plano fantástico y maniqueo en que estas acciones se desarrollan no mitiga su brutalidad. Me precio de tener tolerancia ante retrato de conductas extremas en el cine, pero Hansel y Gretel fue una experiencia particularmente desagradable porque no ofrece más contexto que su propio sensacionalismo. Mi profunda simpatía se reserva para el reparto. Los actores son también víctimas en esperpentos como este.

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