Hay elementos dramáticos y arquetipos cuyo uso recurrente se convierten en tradición. Son los ladrillos con los cuales se construye una película. Si la película funciona para nosotros, los aceptamos como convenciones del género. Si la película no funciona con nosotros, los despreciamos como clichés. Todo depende del contexto, como están utilizados, qué variaciones se les logra infundir, y si el agregado completo nos seduce o no.
End of Watch (Fin de turno) ostenta todas las convenciones —o los clichés— de la película policíaca de compañeros. También tiene algunos nuevos. El agente Brian Taylor (Jake Gyllenhaal) filma obsesivamente todo lo que le sucede, porque está cursando una clase electiva de cine en la universidad. Usa cámaras de todo tamaño. Su celo documental lo lleva al extremo de montar una microcámara en el pecho de su colega de patrulla, Mike Zavala (Michael Peña). La caracterización del policía como incipiente cineasta justifica la estética de vídeo capturado indiscretamente: tomas sin trípode, cortes bruscos, incluso el uso de imagen de cámaras de vigilancia con códigos de tiempo y fecha visibles. La película adopta el formato de documento vivo, con una inmediatez que se beneficia de la naturalidad de las actuaciones.
La decisión creativa también ofrece un artero comentario social. El clásico buddy cop movie se actualiza para la era de sobredocumentación personal. Por narcisismo o regulación, policías y criminales registran celosamente sus hazañas. Eso salva la credibilidad de la película aun cuando cae en la caricatura —véase a los pandilleros latinos que se convierten en los principales villanos—. Todo el mundo está “actuando” en todo momento, aunque sea para sí mismo.
El director David Ayers fue nominado al Óscar por su guión de Training Day (2001), escribió además Dark Blue (2002) y S.W.A.T. (2003). Es veterano de estas lides. Aunque el arco dramático que crea es convencional, la película se muestra extraordinaria a la hora de retratar la relación entre sus protagonistas. Gyllenhaal y Peña hacen gala de una química ejemplar. Fin de turno ofrece sus mejores momentos cuando simplemente los retrata conversando, cuando observa el comportamiento mutuo. Más que camaradería, construyen genuina hermandad. Los actores y el director triunfan a la hora de crear personajes ficticios de reconocible humanidad. Eso le da al acto final inesperada fuerza emocional. Sabemos lo que viene, pero eso no suaviza el golpe.
Ayers introduce anécdotas del día a día que funcionan casi como pequeñas historias contenidas en sí mismas —la llamada de una junkie que ha extraviado a sus hijos, un rescate en un edificio en llamas, o un arresto que se resuelve en una jocosa pelea—. Eso le da cierta cualidad divagante a la película, que algunos pueden resentir. Cada episodio podría funcionar como cortometraje.
El uso que Ayers hace de las convenciones del género no es producto de la pereza, o la falta de inspiración. El director nos arrulla con secuencias de acción y giros de trama reconocibles para adormecer nuestras expectativas, solo para jalar la alfombra debajo de nuestros pies en la resolución. La construcción ficticia se vuelve real al negarnos la catarsis de la retribución justiciera, la convención —o cliché— más apreciado por la audiencia. Esta es la manera que tiene Ayers de darnos a entender que no hay un cierre limpio en la historia de la lucha contra el crimen. La muerte no funciona, ni como compensación ni como castigo. Es solo el final trágico e irreversible de unos cuantos. La historia sigue, sin desenlace a la vista.
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