Marta Leonor González
Giovanna Serrano nació en Asmara, Eritrea, en África colonizada por Italia en 1889. A los tres años emigraría con sus padres de la excolonia italiana, hacia Argentina, Venezuela, “mi padre viajaba mucho, era un ingeniero mecánico eléctrico, y sus trabajos le obligaban a viajar mucho”, así justifica Giovana los viajes de infancia y adolescencia.
Inició pintando a los 15 años orientada por su hermano arquitecto, quien también gustaba hacerlo. Siendo estudiante de economía y comercio en los años sesenta, en la Universidad de los Estudios de Roma en Italia, conoció a su esposo el jurista y filósofo Alejandro Serrano Caldera, cuando este fue a realizar estudios en Derecho Laboral en la Universidad de Roma, luego de un noviazgo de seis meses él esperó que ella terminara sus estudios, y se casaron.
En los setenta llegarían los hijos. Y la pintura quedaría postergada entre pañales que cambiar y biberones que dar. Sin embargo, en sus ratos libres preparaba los bastidores y estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional Autónoma de León, que según su experiencia afianzó sus conocimientos.
Luego se trasladaría a San José en Costa Rica y estudiaría en la escuela Esempi y en el Instituto Costarricense-Francés de Cultura de esa ciudad aprendería sobre cerámica.
El oficio compartido
Con una trayectoria de casi 40 años en la pintura, Giovanna Serrano dice tener muchas satisfacciones en este arte. “En 1970 obtuve una mención de honor en un concurso de pinturas organizado por la UNAN. También he expuesto en Europa, Estados Unidos, en el Museo de Arte Folclórico de Santa Fe en Nuevo México, pero mi mayor satisfacción es ver acabado el cuadro que me propuse”.
De ese quehacer, el escritor y crítico de arte Anastacio Lovo, ha dicho: “Una poética del encanto íntimo contiene la pintura de Giovanna Serrano, hecha de lunas, ventanas, cementerios, astros, mariposas, estructuras y flores. Algo elemental como el pan que con su luz doral ilumina al ser con la luz de la vida”.
Otros como la escritora leonesa Mariana Sanson Argüello, con quien compartió amistad, se refirió: “En el alma de Giovanna hay un jardín y en ella lo plasma con regocijo íntimo que expresa, ni en los pequeños cementerios hay tristeza. Alegres cantan las flores como la risa espontánea de su yo proyectado”.
Con la belleza del paisaje, Serrano se entrega al lienzo para darnos a conocer su propia campiña poblada de soles, y lunas, de verdes y azules que asoman entre el follaje. Pintura que Serrano llama “un poco de naif, surrealista, mágica”.
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