Antes que la noche se quite el velo
y el sol tape con su dedo gordo
la hendija por donde se asoma la última estrella.
Antes que las garzas se acuerden de sus alas,
mucho antes, Percy Williams pone las redes en su bote
y espera a que el viento lo lleve al sitio
del róbalo, de la corvina,
adonde irá a echar su atarra
ya como si estuviera
sembrando sus dashines, sus yames,
los gajos entristecidos de la yuca.
Esperará en ese lugar a que el sol
eche sus redes sobre el mar
para después levantar las suyas
sobre el bote donde caerán ariscos,
despiertos, los secretos de la bahía.
Por la mañana irá pregonando su canasta
de pescados frescos
por el puerto revuelto de gente,
de pitazos, de sin saima simaló,
de retazos
de lenguas
de piratas y esclavos.
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