Las almas con esa voz interior que canta en ellas, vuelven al Aleluya, extendiéndose como amapola en el entarimado espiritual, en el alba del proceso cristológico: el nacimiento del Niño Dios, lleno de la devoción ecuménica de tenerlo como invitado.
Tanto en el homenaje a la Virgen Madre, intercesora que iza la bandera de la castidad, como en la fecha del supremo advenimiento, los coros símbolos de la armonía solidaria, desempeñan una función exquisita, a veces etérea en la cual se renuncia al egoísmo y se fortalece el ánimo grupal de compartir las voces de distinta tesitura en un solo y entrañable despliegue.
Es cuando mejor queda concertada la unicidad, el efecto inmenso de Dios bajando por las escaleras de cada hogar celebrante, descendiendo a la latitud en la trama excelsa de los optimismos. Aleluya porque ha llegado el imperio divino del señor. Es el Mesías de Georg Friedrich Haendel.
Muchos compositores de ayer y de hoy tienen su ofertorio, pero es este el que más resurge en el sentimiento cristiano en la efemérides.
La interpretación tiene imán para atraer al Mesías dando la impresión de que se agiganta la ternura de la familia.
El autor pasó por todas las vigilias de la creación en un manifiesto, signo oral de la vehemencia.
El Mesías convierte al poseído por la fe en el artista que desde abajo tiene tanto derecho de participar como el de arriba: es la Biblia cantada y de ahí la incitación de la aportación colectiva, Biblia en concierto para triunfar, serenata de conquistas para reflexionar, para poner bálsamo en las heridas.
Conectamos al oído con el alma en este diciembre del 2012 con una música interiorista, a pesar de la suntuosidad externa que la distingue.
Vitalidad, clima místico. Bienvenida y resurrección.
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