Por: Amalia del Cid
El jefe de Redacción de LA PRENSA y autor del recién publicado libro Muerte de una República , Eduardo Enríquez, no gusta de la poesía y mucho menos la entiende. También confiesa que es mejor para comer que para cocinar y que en su casa jamás tiene la última palabra.
::: Cuénteme su primer recuerdo…
Una botella de Milca Roja llena de Pine-Sol con agua. Yo creí que era Milca Roja y me la tomé.
::: ¿Cómo fue su infancia?
Muy particular, pero bastante feliz. El terremoto fue el factor más impactante, recuerdo el cielo anaranjado y un olor feo. El olor de la muerte.
::: ¿Hubo palizas en su niñez?
Solo una. Mi hermana menor y yo éramos responsables de guardar los chocoyos, no los guardamos y aparentemente se los comió un gato (ríe).
::: ¿Baila?
Solo cuando estoy con mis buenos tragos (ríe).
::: ¿Cocina?
No. Quisiera, pero solo sirvo para comer.
::: Una comida.
¡Pizza!
::: Una bebida.
¡Ron!
::: ¿Quién manda en su casa?
Mi esposa (ríe). Después mis hijos, cuando ella se los permite, y por último yo.
::: ¿Su debilidad?
Mi falta de disciplina.
::: ¿Su filosofía de vida?
Hay que evitar sufrir.
::: ¿Lee novelas?
Me queda muy poco tiempo para hacerlo, pero ¡me encantan! Contrario a la poesía, que no le encuentro ninguna gracia, ni utilidad… Y no le entiendo.
::: ¿Y Rubén Darío?
¡No le entiendo! Solo Lo fatal . No me explico cómo hay gente que pasa su vida escribiendo sobre Rubén Darío.
::: Usted escribió sobre la Muerte de una República…
Es que prefiero escribir sobre temas de actualidad y que nos afectan como sociedad.
::: ¿Entonces se murió la República?
Esta República que nació en 1990 está muerta. Así pasa, las repúblicas nacen y mueren. Los franceses llevan cinco repúblicas.
::: ¿Pero todavía hay esperanza?
¡Ah, claro! Y espero estar poniendo mi granito de arena.
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