Ramón García Gibson(*)
Al escuchar hablar de delincuencia organizada vienen a la mente escenas de violencia, armamento sofisticado y personajes que atemorizan a la sociedad con sus conductas.
Sin duda mucho de lo anterior son características de actividades delictivas, aunque por otro lado dichas bandas delictivas están utilizando mecanismos sofisticados alejados de la violencia física a la que nos tenían acostumbrados.
Durante la semana pasada fueron noticia internacional situaciones en las que se pone de manifiesto cómo bandas delictivas utilizaron desde indigentes, sin ellos saberlo, para participar como titulares de sociedades fantasma, hasta representantes de planteles de educación superior.
En lo que respecta a indigentes, los medios señalaron que la red empresarial tenía como procedimiento habitual la creación de sociedades fantasmas, que operaban en bolsa y se cerraban a los pocos meses, antes de que las entidades bancarias transmitieran informes de operaciones sospechosas a la justicia, según las investigaciones de un tribunal federal de Buenos Aires.
A la cabeza de estas empresas figuraban indigentes de los barrios más pobres de la capital argentina, conocidos como villas miseria. El esquema aquí descrito, por lo que vemos no es de ninguna forma violento, aunque sí abusa de personas que no pueden defenderse y que debería corresponder al estado velar por su seguridad.
Por otro lado, las técnicas de algunos gobiernos como lo fue la anterior administración de México, basaron su estrategia contra la delincuencia organizada en especial los cárteles de la droga en una lucha frontal que dejó un saldo de 48,000 muertos desde que comenzaron los operativos contra el narcotráfico en 2006.
Si la estrategia adoptada por ese gobierno fue acertada o no, le corresponderá a la historia juzgar. Lo que sí estamos obligados a analizar es el papel que juega la utilización de adecuados mecanismos de inteligencia que permitan perseguir los mismos fines con el menor derramamiento de sangre posible.
Vale la pena ver a España, en especial a su Centro de Inteligencia Contra el Crimen Organizado (CICO), que realiza la inteligencia estratégica en la lucha contra todo tipo de delincuencia organizada, así como, en su caso, el establecimiento de criterios de coordinación operativa de los servicios actuantes en los supuestos de coincidencia o concurrencia en las investigaciones.
También le corresponde recibir, integrar y analizar cuantas informaciones y análisis operativos relacionados con la delincuencia organizada sean relevantes o necesarios para la elaboración de inteligencia estratégica y de prospectiva en relación con el crimen organizado; determina los supuestos de intervención conjunta o concurrente, los criterios de coordinación y de actuación de las unidades operativas de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, y la de estos con los servicios intervinientes, en función de sus competencias propias o de apoyo a la intervención.
Un tema que considero fundamental y que es inexistente en muchos de nuestros países latinoamericanos, es el relativo a la publicidad de los resultados contra la delincuencia organizada.
El CICO elabora un informe anual sobre la situación de la criminalidad organizada en España, así como una evaluación periódica de amenaza, también elabora y difunde las informaciones estadísticas relacionadas con esta materia. Definitivamente antes de lanzar una lucha frontal contra la delincuencia organizada los distintos gobiernos deben contar con mecanismos sólidos de inteligencia que permitan desarticular a las bandas delincuenciales sin el disparo de balas y derramamiento de sangre en algunos casos de gente inocente.
(*)Columna publicada los lunes en El Financiero de México.
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