
Eduardo Cruz
“Adiós Chepita, ¡qué linda te ves con ese vestido mi amor!”, le dijo Juan Almendárez a Josefa Mendoza una tarde de 1935. Así empezó una historia de amor que el próximo 31 de diciembre estará celebrando 75 años de matrimonio, lo que se conoce como bodas de brillantes.
La pareja, hoy unos ancianitos de 95 años, todavía vive junta en la comunidad de Cuajachillo, entre Ciudad Sandino y la Carretera Vieja a León, en una sencilla casa de madera con un patio piso de tierra. Solitos los dos. “Yo ya no la molesto, si quiere dormir hasta las 10:00 de la mañana ahí que duerma”, dice don Juan, quien desde muy temprano está despierto oyendo radio, especialmente programas deportivos porque le gusta mucho el beisbol. Doña Josefa solo sonríe. Ambos procrearon ocho hijos (dos fallecidos), quienes les han dado 45 nietos y 72 bisnietos. “Aquí en Cuajachillo yo soy el más viejo de todos, el que tiene más tiempo de casado y con la esposa viva todavía”, alardea don Juan.
“Nunca nos hemos separado”, dice doña Josefa y don Juan lo confirma alegando que siempre han dormido juntos desde que se casaron en la parroquia Santiago Apóstol, la antecesora de lo que hoy se conoce como la antigua Catedral de Managua, el viernes 31 de diciembre de 1937. En ese entonces el patrono de Managua no era Santo Domingo, sino Santiago Apóstol, recuerda la pareja. Anastasio Somoza García, el fundador de la dinastía, acababa de llegar al poder y apenas tres años habían transcurrido desde el asesinato de Sandino.
Volvamos a aquel momento mágico para ellos, cuando iniciaron su romance. Don Juan estuvo planeando por mucho tiempo hablarle de amor a su amada, pero no tenía el valor. En ese entonces ambos tenían 18 años. El día que lo hizo, Josefa andaba puesto un bonito vestido celeste que realzaba su belleza y tal vez eso lo empujó a declararle sus sentimientos cuando la vio frente a la casa de ella. “Yo la vi que se puso rojita, rojita. A mí también me entró nervios porque la vi como que le gustó”, recuerda don Juan entre risas.
A doña Josefa las palabras de su enamorado al principio le parecieron una broma, porque se conocían desde pequeños. “Yo creía que era una broma. Ah Juan Almendárez, le dije”, rememora la ancianita. Aquellas primeras palabras de su enamorado calaron hondo en la señorita Josefa, quien después de ver la insistencia de don Juan comprendió que no se trataba de una broma. Ella tampoco estaba bromeando. Lo primero que le dijo fue que si él quería algo con ella tenían que casarse. Don Juan dijo que sí.
EL CASAMIENTO
Josefa Isabel Mendoza López nació el 29 de septiembre de 1917, en la comunidad de Cuajachillo, Managua. Ahí mismo, pero tres meses después, nació Juan Evangelista Almendárez Solís, el 27 de diciembre de 1927. Los dos se criaron viéndose desde pequeños, pero sin hablarse. “Yo la miraba a ella como una muchachita”, dice don Juan.
La joven se crió dentro de una familia acomodada. Vivía por el sector donde fue la Mayco y su papá se llamaba Vicente Mendoza y en Cuajachillo todos decían que el hombre era de dinero. Era una muchacha de muy buenos principios junto con sus demás hermanas.
El papá era muy celoso y desde un inicio se opuso a la relación entre su hija y Juan Almendárez. Una hermana mayor de Josefa, de nombre María Amelia, se tuvo que ir “de huida” con su novio para casarse porque don Vicente era un hombre muy duro con los pretendientes de sus hijas.
Y la verdad es que casi nadie en el pueblo aprobaba la relación entre los dos jóvenes, porque Juan Almendárez era músico, “parrandero” como se le llama popularmente. “Decían que el papá de ella tenía mucho dinero y yo bebía guaro, tocaba guitarra, todas esas cosas me gustaban a mí, era medio vago y no creían que era formal la cosa. Y sí era formal porque a mí me gustaba ella, yo la quería. Pero yo no me estaba acordando de los dineros”, dice el hombre que a sus 95 años ya no recuerda muchos detalles de ese momento.
Doña Josefa tiene mejor memoria. Al año de ser novios murió el papá de ella, don Vicente. “Si mi papá hubiese estado vivo él no habría permitido que nosotros nos casáramos. Nos casamos un año después que él murió”, recuerda la ancianita, quien también asegura que nunca tuvo otro novio que no fuera don Juan.
El certificado de matrimonio que en mayo de este año les extendió la Arquidiócesis de Managua dice que la boda se celebró el 1 de enero de 1938 en la parroquia Santiago Apóstol y que los padrinos fueron Francisco Escobar y Ofelia Castillo, y que el cura que los casó fue el presbítero Cipriano Vélez.
¿Cómo es que el certificado de matrimonio dice que ustedes se casaron el 1 de enero de 1938 pero ustedes dicen que fue el 31 de diciembre de 1937?, se le pregunta a la pareja, y doña Josefa responde: “Ah, es que en ese tiempo se acostumbraba ir dos veces a la Iglesia. En la primera era para desposarse, y al día siguiente en la mañana se le llamaba a velarse, porque decían que si no se velaban quedaban a medio casarse, para que quedara completo el casamiento había que ir dos veces. Nosotros fuimos en la noche del 31 de diciembre, después nos venimos a la casa para la celebración, y al día siguiente 1 de enero tuvimos que ir de nuevo. Seguro que en la Iglesia tomaron esa fecha”.
Ese sábado 1 de enero de 1938, en la tarde, la pareja de recién casados regresó a Cuajachillo desde Managua en un taxi. Don Juan recuerda que la carrera les costó un córdoba con 50 centavos y eso era mucho dinero para él en ese momento, tanto que para ajustar tuvo que pedir prestados cinco “reales”. “Yo no tenía reales, vivía con mi papá y él me daba”, recuerda don Juan.
UN HOMBRE DEDICADO A LA AGRICULTURA
Cuando fue niño, don Juan recuerda que solo había tres niños más y eran sus únicos amigos y no tenían a nadie más con quien jugar en Cuajachillo. Su única diversión era jugar beisbol, y lo hacía en segunda o tercera base.
En una comunidad rural como Cuajachillo los niños solo alcanzaban a estudiar la primaria, que en realidad se traduce en aprender a leer y escribir y las cuatro operaciones matemáticas básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Eso fue lo que aprendió don Juan. Su verdadera escuela fue el campo, donde aprendió a cultivar maíz, frijoles, hortalizas y algunas frutas. En carreta con bueyes salía a vender leña y escobas. “Las escobas yo mismo las hacía y las vendía”, dice don Juan.
Con esa misma escuela crió a sus hijos. “La suerte que tuve es que mis hijos salieron trabajadores. A veces me levantaban en la mañana para ir a trabajar o simplemente me decían que iban adelante. Yo me levantaba y me iba detrás de ellos”, recuerda don Juan.
Una cosa que lamenta don Juan es que nunca fue asegurado porque siempre trabajó en el campo, por su propia cuenta y por tanto nunca pudo gozar de una jubilación. A sus 95 años lo resiente mucho porque llegó un momento en que ya no pudo seguir trabajando. “Siempre trabajé para la casa. Yo le solucionaba bien la vida a mi esposa. Ya de último me iban a vender pipianes, a pie en un carretón, porque me robaron los bueyes, y había veces que me caía. Me daba pena porque los amigos me tenían que levantar y mis hijos me dijeron que dejara de trabajar. Ellos nos dan el arrocito y los frijoles y dinero también”, explica.
La pareja de ancianos vive en una casa cuyo terreno se los dio el papá de don Juan, quien se llamaba Bartolo Almendárez. Cerca vive uno de sus hijos, Wilfredo Almendárez Mendoza, quien siempre está pendiente de ellos.
¿Cómo han hecho para llegar a esta edad?, se les pregunta. “Comemos siempre lo mismo, arrocito, frijolitos, quesito, carnita. Ahora son nuestros hijos quienes nos dan, ellos tienen obligación, los nietos no”, expresa don Juan, quien asegura que él mientras tuvo salud y fuerzas para trabajar nunca amaneció acostado un lunes.
“YO ME VUELVO A CASAR CON VOS”
¿Qué significa vivir 75 años al lado de una persona? Sobre todo en estos tiempos cuando muchos la piensan para casarse o que cuando se casan algunos se separan a los meses, se le preguntó a don Juan y a doña Josefa.
“Ella fue buena esposa, yo nunca supe nada malo de ella, no tengo problemas de eso. Yo le dije a ella que yo me volvería a casar con ella. Yo no me dice ella, vos sos el hombre más malo del mundo”, dice don Juan mientras suelta una carcajada.
Doña Josefa lo escucha pero lo desmiente. “Yo creo que sí me vuelvo a casar con él, aunque sea como le digo, nos hemos aguantado uno y otro, yo digo que así es todo matrimonio, uno tiene un defecto y el otro tiene otro defecto”, dice doña Josefa.
¿Pero usted fue celosa?, se le pregunta. “Sí, pero porque él daba lugar”, responde la ancianita.
Wilfredo, el segundo hijo del matrimonio, que ha estado escuchando la conversación, interviene: “Mi papá era bien alegre, tocaba guitarra y tenía una o dos muchachas extras. Cuando mi mamá le reclamaba yo solo veía que salían las porras volando”, dice Wilfredo, quien explica que la única vez en su vida que su papá le pegó fue porque le llegó con el “chisme” a su mamá de que lo había visto abrazando a otra mujer.
“Mi mamá me pegaba todos los días”, recuerda Wilfredo, quien asegura haber tenido un padre y una madre excelente, quienes le enseñaron el amor al trabajo. “Eso sí, nunca vi que mi padre le levantara el brazo siquiera a mi madre, nunca le pegó”, añade Wilfredo. Los otros hijos del matrimonio son Noel y Nubia, ya fallecidos, así como Róger, Juana, Daysi Leonor, Estela y Bayardo.
—¿Entonces usted le pegaba a su esposo?, se le pregunta a doña Josefa.
—Puede que sí, responde.
—Decí la verdad, le dice don Juan.
—Los problemas los solucionábamos a como Dios nos ayudaba, explica doña Josefa.
—¿Y usted cómo era?
—Vengo de una familia que siempre fue así, no fuimos mujeres locas como dicen. Todas mis hermanas se casaron y con el esposo que tuvieron con ese se murieron, explica doña Josefa.
—¿Y usted don Juan qué dice?
—Se conseguían algunas cositas (mujeres) pero no fui tanto de malo. Yo digo que no es fácil hallar a un hombre bueno. Eso sí, no hay que andar dejando la casa. Otra cosa, yo nunca le he pegado a ella.

UNA MISA PARA CELEBRAR
El próximo 31 de diciembre, en la Iglesia católica de Cuajachillo número Uno, la pareja de ancianos celebrará sus 75 años de matrimonio, sus bodas de brillantes. Será a las 3:00 de la tarde en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús y la misa la oficiará el padre Halder Hernández.
Después de 75 años de estar juntos, doña Josefa y don Juan dicen que solo se ven como hermanos. “Lo de la intimidad se termina”, expresa don Juan. “Ahora solo maleza (enfermedades) somos”, dice doña Josefa.
Ambos ancianos se toman de la mano y sonríen. “Si hace pocos días estábamos recordando cuando nos conocimos”, dice riéndose don Juan. “¿Verdad?, le pregunta a Josefa. Don Juan dice que siempre se acuerda de aquel vestido celeste con que enamoró por vez primera a su esposa. “Yo estaba nervioso, ya ni me acuerdo cuántas cosas más le dije, pero ella se puso rojita, rojita”. Después del próximo 31 de diciembre, asegura, ya no le pide más a la vida.
Ver en la versión impresa las paginas: 8, 9, 10, 11

